Urbano, demasiado urbano

25 abril 2011

Etiquetas: inclasificable

Anuncio de Aragonia

Varias veces al año experimento, con varios millones de urbanitas, la microfanía del medio rural, la efímera contemplación de otra realidad posible en un medio mucho más bucólico.

En mi caso, la revelación periódica tiene lugar en Zumaya. Uno se levanta a las diez o a las once. Las obligaciones matinales consisten en tomar una caña con anchoa en el Goiko y un marianito en Kresala. Ya en casa, con la satisfacción del deber cumplido y una sopa de pescado entre pecho y espalda, toca descifrar, entre bostezos, las dos y media en el reloj de pulsera. ¡Cuatro horas despierto! Ya está bien. Procede siesta.

Cuando era más joven me conformaba con dormitar, ventana abierta y manta de lana en el regazo, en el sofá del salón. Pero el tiempo, inexorable, impone su estricta disciplina; mis huesos, a la avanzada edad de treinta y tres años, necesitan ya a esta hora el reposo que sólo una cama reglamentaria puede ofrecerles.

Amanece por segunda vez, ¡burla astrológica!, a eso de las seis. Los niños meriendan. Cuando no hay niños, pues meriendo yo. No es cuestión de desperdiciar la longaniza. La tarde conduce, con implacable rectitud, hacia la noche, entre croquetas, zuritos y chacolís. La sobremesa de la cena puede desembocar, o no (este es uno de los pocos misterios que merecen permanecer ignotos), en uno de los mejores gin tonics de la cristiandad, de manos de Cruz, a quien Dios guarde muchos años.

Zumaya es mi pueblo, mi refugio, mi paréntesis, mi El Dorado. A veces me he preguntado cómo sería vivir allí durante todo el año. La respuesta es sombría. Se convertiría en mi barrio, mi descampado, mi párrafo, mi orco. Las vacaciones no son un lugar, sino un estado de ánimo. Esto es de cajón. Sin embargo, el lugar tiene, todavía, su importancia.

Al volver a Zaragoza, y antes siquiera de llegar a casa y quitarme los zapatos, he ido a visitar a unos amigos que han tenido la extravagante ocurrencia de mudarse a un centro comercial. ¡Vosotros, que vivíais en el recinto amurallado de la vieja Caesar Augusta! ¿Qué se os ha perdido donde el enésimo cinturón se cruza con la nada? ¿No habéis pensado en la clase de infravida a la que estáis condenando a vuestro hijo, desgraciados?

El caso es que, todavía no recuperado de mi agrestre microfanía, me doy de morros con un cartel que dice, poco más o menos:

"Se necesitan ziudadanos (sic). Viviendas de alquiler para personas que busquen un nuevo y apasionante estilo de vida".

¡¡Un nuevo y apasionante estilo de vida!! ¿Será Gran Hermano XVI? ¿La Isla de los Condenados? ¿Granjero busca pasivo lampiño? ¡No! "Un nuevo y apasionante estilo de vida" se refiere a la inenarrable experiencia de fijar la residencia familiar en un centro comercial.

Manda huevos, oye. Que sí, que sí. Que manda huevos. Me da igual que la expresión sea soez, machista e irrespetuosa contra las gallináceas. Es que manda huevos.

Una cosa es aprender a sobrevivir entre la ilusión rural y la realidad urbana. Y otra muy distinta es que te planten un zoco nacido en plena decadencia como el sueño de la postmodernidad.

Qué decir de la campaña visual. ¿Cómo es el paraíso que les ofrecemos? Tomen a tres personas de carne y hueso, sustituyan sus caras por emoticonos colocados aleatoriamente y ¡he aquí nuestro Nirvana urbano!

Por mí, le pueden ir dando mucho por el culo a Aragonia, a su archifamoso arquitecto y a los gurús del "nuevo y apasionante estilo de vida" que, por cierto, viven y toman vinos en el mismo barrio que yo: el más viejo. Me podrán engañar con flautas de pastorcilla y olor a heno recién segado. Pero no con acero, cristal y hormigón. Lo siento, pero soy urbano. Demasiado urbano.