Túnez y otras minucias

3 marzo 2011

Etiquetas: cosa pública

El bonzo Thich Quang Duc

Querido Chus:

Cuando me pides una sinopsis en profundidad de los sucesos del mundo árabe, sé que no se te escapa que no soy ningún experto en sociopolítica magrebí. Aunque estés en Bolivia, puedes leer los mismos periódicos que yo; así que intuyo que lo que echas de menos no es el acceso a los datos, sino a la opinión de primera mano, la que solíamos compartir entre jarras de cerveza y humo de cigarrillo. Voy a tratar de complacerte, pero la cerveza y el tabaco los tendrás que poner tú.

Todo empezó con un tal Bouazizi, una lata de gasolina y un mechero. O quizás una cerilla. Bueno, en realidad, todo empezó muchísimo antes, con los descubrimientos, la descolonización, la crisis del petróleo, las guerras de Irak y de Irán, el asuntillo de Israel y todo eso. Pero voy a empezar mi modesto análisis el 17 de diciembre de 2010, en la ciudad de Sidi Bouzid. Este Mohammed Bouazizi, dos años y un día más joven que tú, desempleado, se inmoló con ayuda de una lata de gasolina. Ese es el comienzo convencional de la llamada Revolución de los jazmines. ¿Por qué le han puesto este nombre? Posiblemente, porque en Túnez hay alguien con más creatividad que el soso que inventó lo de Libertad duradera.

Lo de quemarse a lo bonzo es una versión adulta del ahora me enfado y no respiro. Los aficionados a esta práctica parten de la absurda premisa de que quien más sufre, tiene más razón. Ya he desarrollado esta idea en alguna ocasión. Claro que, si tratamos de acercarnos al fenómeno con un poquito de empatía, tendremos que reconocer que seguramente nunca hemos sentido la rabia e impotencia de quien decide matarse de un modo tan brutal.

Los que se queman a lo bonzo, curiosamente, suelen hacerlo en protesta por situaciones que, objetivamente, no son tan graves. Quizá por eso deciden inmolarse: por la incomprensión que sienten al descubrir que problemas para ellos vitales son ninguneados por personas de su entorno.

Thich Quang Duc, en la foto, dio nombre a la expresión quemarse a lo bonzo. Era un bonzo vietnamita. Se suicidó, previa convocatoria a la prensa, en 1961. Protestaba porque el Gobierno de Ngo Dinh Diem, cristiano y amigo de los yanquis, estaba favoreciendo a la minoría cristiana frente a la mayoría budista. Con dos cojones. Las fotos son un espectáculo. también hay una filmación. El tipo parece una estatua de cera. Se derrite literalmente, pero no mueve ni un músculo.

Volviendo a Túnez, no creo que Bouazizi mantuviese el tipo igual que el bonzo mientras ardía. Seguramente no tenía la preparación mental necesaria. Aunque vete a saber. En cualquier caso, murió unos días después. Protestaba porque la policía había confiscado su medio de vida, un puesto ambulante de frutas y verduras. Que no digo yo que no sea grave; supongo que en Túnez la protección social no es como en España, porque si aquí se prendieran fuego todos los parados, estaríamos apañados. Pero sorprende que el motivo que le llevó a tomar una decisión que suele ser irreversible (suicidarse) sea algo, en principio, reversible (no tener trabajo). El dinero no es más que dinero, y Túnez es un país mediterráneo, donde uno se imagina que los congéneres demuestran cierta capacidad de tomarse las cosas con calma.

El motivo del inmolamiento, sospecho, no fue la falta de un puesto de trabajo. Al parecer, el joven se sintió humillado por las autoridades. Mira, esto me cuadra más. Me suena de otros casos de antorchas humanas. Como aquel empresario que amenazó con quemarse porque el Ayuntamiento le debía dinero. No era por el dinero: era por la dignidad herida al sentirse pisoteado. David contra Goliat. El niño contra el adulto omnipotente. "Ahora me enfado y no respiro".

Creo que el caso de Bouazizi tiene que ver con esto: con la dignidad. Diría que, en algún momento, los tunecinos han adquirido conciencia de que su Gobierno no les estaba tratando como merecen. Tal vez por la suma de miles de pequeños desprecios y ofensas, ya que --y esto es lo llamativo-- las revueltas no se han originado por una causa clara y visible.

Ojo, sí que hay causas. La crisis económica ya va para tres años, y no estamos hablando de un Estado de bienestar. Seguro que hay hambre y falta de esperanza. La emigración cada vez se percibe menos como una solución. Últimamente no llegan pateras a España; incluso en Ceuta se ha dado el caso de un inmigrante que trató de regresar, saltando la verja, esta vez hacia el sur. Volviendo a Túnez, se ha producido una inflación importante en artículos básicos. Además, en tiempos difíciles la corrupción se hace más insoportable, incluso en una sociedad acostumbrada a tolerarla.

Los hechos que siguieron a la inmolación se resumen fácilmente. Manifestaciones urbanas, convocadas por Internet. ¿Cómo si no? Creo que se ha dado demasiada importancia a este detalle. Hubo un ataque organizado de hackers a webs gubernamentales. No es un grupo de hackers tunecinos, sino una especie de movimiento no muy organizado que ha actuado en otros países del mundo. En España, protestando por la Ley Sinde, sin ir más lejos.

Manifestaciones, decía. Y antidisturbios. Muertos, toque de queda, más protestas y más muertos. Entre 21 y 66 bajas, según las fuentes. El 14 de enero el presidente Ben Ali se da el piro, no sin antes destituir a todo su gobierno. Se forma un gobierno de concentración extremadamente inestable y se legalizan los partidos políticos.

¿Qué había en Túnez antes de la Revolución de los Jazmines?

Un gobierno cómodo para occidente. Un partido único socialdemócrata y elecciones libres, pero claro, todos los candidatos son del mismo partido. En las últimas elecciones, Ben Ali obtuvo el 89% de los votos, lo cual, teniendo en cuenta que sus dos únicos rivales hicieron campaña por él, es un resultado bastante pobre.

¿Quién ha hecho la revolución?

A saber. Se habla de jóvenes. Claro. Que alguien me diga un solo caso de revuelta o revolución en el que los ancianos tomaron las calles a golpe de cóctel molotov. Sospecho que en Túnez, como en toda África, la población es fundamentalmente joven. Algunos insisten en que los cabecillas son universitarios. Tampoco es un dato muy sorprendente, pero puede ser significativo. Parece ser que no hablamos de islamistas, sino de personas que se miran en el espejo de Europa. Aunque muchos analistas, de esos listos que conocen el Islam, nos recuerdan que en la concepción árabe la separación entre Estado y religión, directamente, no existe.

Tengo la sospecha, por analogía con la revolución arquetípica (la francesa), de que nos encontramos con varios grupos de opositores, muy distintos entre sí. Por lo menos, los islamistas, los demócratas a la europea y los parias. Aquí no hay una clase media, por lo que cuentan, pero está claro que unos viven en la miseria y otros, un poquito mejor. Evidentemente, los objetivos de unos y otros van a ser distintos. Cuando se evidencie que el fin de la tiranía no trae consigo automáticamente el maná y la abundancia, mucha gente se va a cabrear. Uno solo piensa en derechos civiles cuando tiene el pan asegurado. Ya sabes, el coñazo de Maslow. Surgirán algunos oportunistas. A río revuelto, ya se sabe. Así que me temo que hay varios bandos todavía por definir. Y, desde luego, hablar de "revolución democrática" es prematuro.

¿Y Egipto? ¿Y Libia? ¿Y Marruecos?

No me voy a extender mucho con Egipto. Nada nuevo. Más inmolaciones, más Facebook, más revueltas. Más muertos. También es un país más grande, y con una importancia estratégica mucho mayor, por aquello de la vecindad con Israel. Mubarak cayó en un par de semanas. El papel del ejército ha sido sorprendente para una mentalidad española, ya que, al parecer, la sociedad civil lo considera "el bueno", en contraposición con la policía, que ha representado un papel mucho más represor.

Lo de Libia sí que ha herido sensibilidades. Un Gadafi completamente desaforado gritando gilipolleces. Cerca de mil muertos, incluyendo muchos soldados ejecutados por negarse a disparar contra civiles desarmados.

En otros países, entre ellos Marruecos, las revueltas tuvieron poca trascendencia y prácticamente se han detenido.

Y todo esto, ¿cómo nos afecta aquí, en casita?

Insisto, aunque sea innecesario, en que estoy haciendo un análisis de barra de bar. Trato de trasladarte el sentimiento que flota en el ambiente combinado con lo que suena en las tertulias de radio.

Dicho esto, las revueltas están afectándonos de dos maneras. En primer lugar, hay una fuerte convicción de que algo está cambiando para cutio. La esperanza de que este sea el comienzo de la democratización del Magreb convive con la amenaza de un fortalecimiento del islamismo en la zona, aprovechando la confusión. Esto nos abre, como imaginarás, un arco de posiciones que van desde el optimismo de Zapatero, que parece pensar que la transición a la democracia ya es una realidad en Túnez, hasta el pesimismo más conservador de quienes habrían preferido, virgencica, virgencica, que todo hubiera quedado igual. Pasando por un tal Bisbal, que ha dado bastante que hablar.

Decía que las revueltas nos afectan de dos maneras. La segunda es, a mi juicio, la más importante, aun pecando de eurocentrismo. Se abre paso en la sociedad europea (al menos en Horacio y en un servidor, no sé si seremos buena muestra) un sentimiento de vergüenza. Lo que todos sabíamos se ha hecho palpable y evidente: hay ciudadanos de varias categorías. Durante décadas hemos permitido, incluso alentado, la instalación de regímenes autoritarios en El Magreb, con tal de que la violación de los derechos humanos no fuera muy escandalosa, a cambio de un beneficio económico o geoestratégico. En España esta crisis de valores comenzó unos meses antes, cuando el Campamento de El Aaiún. No podemos seguir fingiendo que Europa es diferente de EEUU, a quien tanto hemos criticado por su doble moral en Oriente Medio. En el África subsahariana, ni te cuento lo que debe de haber. Pero eso, por ahora, sigue sin importar a nadie. Allí no hay islamistas, ni petróleo, ni complejos turísticos.

No sé yo si veremos un cambio de actitud en esta Europa acomodada y adormecida. Tal vez sí. Cuando queremos, los europeos somos la leche, oye. Inventamos la democracia, el fútbol y la cerveza. ¿Por qué no vamos a ser capaces de inventar, junto con El Magreb, un orden mundial más justo y menos hipócrita?

Al final voy a darle una oportunidad a eso de la Alianza de las Civilizaciones. Lo que son las cosas.

Y allá en lo bajo del altiplano, ¿qué se respira? ¿Se habla de África? ¿Qué tal siguen Evo y compañía?