Sylvia Likens o la brutalidad

27 diciembre 2010

Etiquetas: infancia y juventud

Sylvia Likens

Del Jasper Jones de Craig Silvey me impactó el terrible relato de Sylvia Likens, que aparece referido a través de periódicos antiguos. Una simple búsqueda en Google me ha confirmado que la historia es cierta, en todos sus detalles.

No quiero volver a narrar el suceso, que puede leerse en diferentes idiomas y versiones a cargo de plumas mucho mejores que la mía. Sólo apuntaré algunos datos para quien no conozca la historia.

Sylvia y su hermana Jenny fueron dejadas por sus padres al cuidado de una tal Gertrude Baniszewski a cambio de 20 dólares semanales, mientras ellos trabajaban como feriantes. Algo que puede sorprender ahora, pero sospecho que no era tan extraño en la América de los años 1960. La señora Baniszewski comenzó en seguida a maltratar a las dos jóvenes, especialmente a Sylvia. Tenía 16 años.

Pocos meses después, la policía la encontró muerta, apestando, herida, malnutrida y quemada, sobre un colchón sucio.

¿Qué había ocurrido? Sylvia había sufrido toda clase de matratos físicos y psicológicos. Golpes, patadas, quemaduras de cigarrillos, privación de alimento, insultos y humillaciones de toda clase. Últimamente se le prohibía usar el baño y vivía encadenada en el sótano, obligada incluso a comer sus propias heces.

Os aseguro que estoy omitiendo los detalles más truculentos. Sylvia murió, como por desgracia mueren tantos niños y tantas mujeres, víctima de estos abusos. Terrible, sí, pero nada que, lamentablemente, no encontremos con cierta frecuencia en los periódicos. El motivo por el que este caso es especial, por el cual lo traigo al blog a pesar de haber sucedido hace más de cuarenta años, es la identidad de los maltratadores.

La señora Baniszewski no estaba sola. Invitaba a sus propios hijos y a otros niños del barrio a presenciar las sesiones de tortura. Los niños, y esto es lo que convierte a este caso en especialmente monstruoso, disfrutaban con el tormento y participaban en él. Le insultaban, golpeaban, escupían y orinaban. Le apagaban cigarrillos en la piel. No una vez. Día tras día, durante meses, visitaron esa casa, ese sótano.

Estos hechos no ocurrieron en un poblado perdido de una tierra sin nombre arrasada por la guerra. Ocurrieron en Indianápolis, capital del Estado de Indiana, en el país que pocos meses antes había enviado a un hombre la luna. Los responsables no fueron los miembros de una familia aislada, de costumbres hurañas y afectados por raros síndromes genéticos. Fueron una madre conocida y apreciada en su comunidad, sus dos hijos y, al menos, tres niños de tres familias diferentes. Día tras día, mes tras mes, al salir del colegio. Varios vecinos oyeron los gritos. Nadie quiso saber. En el colegio, en la casa de cada uno de los chavales. Nadie hablaba. Ni siquiera Jenny, la hermana de Sylvia, que presenciaba las agresiones y las humillaciones, tuvo valor para contárselo a nadie. Hasta que fue tarde. Muy tarde.

Pocos días antes de que la joven se rompiera como una muñeca vieja, la señora Baniszewski encontró divertido escribir en el estómago de Sylvia, con un hierro al rojo, las palabras "soy una prostituta y estoy orgullosa". No pudo hacerlo porque el olor a carne quemada le resultaba demasiado nauseabundo. Pidió a uno de los chicos que completara el trabajo por ella. El joven, Ricky Hobbs, tuvo que preguntar a la señora cómo se escribía prostituta.

¿Por qué cuento esto? No estoy seguro. No soy fatalista, así que no diré que estas cosas ocurren por algo, que tienen un significado o que las deidades controlan las corrientes de aire abriendo puertas y ventanas. No lo creo. Las cosas pasan. Alguien las hace. Punto. Pero es posible que saberlo, contarlo, compartirlo, sirva para algo. Para remover alguna conciencia, para derribar alguna creencia inquebrantable, para construir otra. Para apreciar lo que somos y lo que tenemos, o para convertirnos en algo que podamos apreciar.