Solsticios y sotanas

25 diciembre 2010

Etiquetas: toñi, pichote y compañía

Tarjeta de UNICEF

Querida Toñi:

Muchas gracias por tu felicitación. De verdad. Siempre me alegra que me feliciten el solsticio de invierno. Muy chula la postal, también. Con arbolito y todo. Tierna que te cagas. Lo que no sabía yo era esta pasión súbita que te ha entrado por la astronomía, fíjate. Como no me habías felicitado antes ningún solsticio ni equinoccio, supongo que será una afición muy reciente. Quizás estacional.

No sé si me estaré pasando de listo, pero me ha dado por pensar que tal vez tu repentino nirvana cósmico guarde alguna relación con tu cambiante actitud hacia la religión. Ya sé que suena estúpido, oye. Igual es casualidad. Pero como en 2007 me felicitaste la Navidad, en 2008 las Fiestas, en 2009 el Año Nuevo y ahora el solsticio, no sé yo si habrá algún tipo de conexión en todo esto.

Disculpa que te desnude (metafóricamente) en mi blog, pero es que a Horacio le gusta mucho verte desnuda. Metafóricamente, claro. Me lo ha dicho. Vamos allá:

Ya desde el colegio sentiste cierta atracción hacia lo religioso. Esto no lo puedes negar. Atendías en clase de religión con un interés superior al acostumbrado. Ibas a misa los domingos con tu familia y se te notaba que no era una obligación que te pesase. Tampoco un gozo místico, ojo, no vamos a exagerar. La Iglesia era una parte de ti, de tu entorno, de tu familia, que no te desagradaba en absoluto. Vamos a dejarlo allí.

Con la adolescencia, como todos, viviste tu época más rebelde. También razonabas un poquitín, cuando las hormonas te lo permitían, y no terminabas de ver claro eso de la resurrección de la carne. Normal. Creo que fue por aquel entonces cuando leíste a Alain Patin y algún resumen de la obra póstuma de Ignacio Ellacuría. Empezaste a participar en la parroquia más progre del momento y acuñaste tú solita una de las frases más acuñada (siempre de forma original) por los tardoadolescentes de familia bien de este lado del mundo: "creo en Jesucristo, pero no en los curas".

Brillante. El mundo dio un frenazo mientras Sabina cantaba eso de "que se detengan todas las factorías". Creo que la civilización occidental asistió entonces al cénit de tu espiritualidad. A tu éxtasis. Dudo mucho, Toñi, que hayas experimentado algo parecido al felicitarme el solsticio. Pero está claro que algo ha cambiado en tu forma de pensar. O de sentir. O ambas.

Déjame que vuelva a la frase que inventaste, que tantos inventamos en aquel momento: "creo en Jesucristo, pero no en los curas". Para calentar motores, te voy a contar una historia.

Europa, años 1930. Contrariamente a lo que muchos piensan ahora, el antisemitismo estaba muy extendido en todo el continente. No fue un invento de Hitler. Algunos intelectuales y asimilados de la época buscaban la manera de conciliarlo con los valores en alza de respeto al ser humano. Concibieron entonces una curiosa doctrina consistente en separar la idea de la persona de la persona misma. Muy platónico, ya ves. Al igual que los adolescentes de los 90, muchos de estos señores, más talluditos, inventaron simultáneamente la misma frase: "no tengo nada contra los judíos en particular; es la idea abstracta de judío la que combato". Sería largo comentar esta idea, pero ya entiendes por dónde va. Respeto a la persona, pero no a los valores identitarios de la colectividad, y todo eso. El caso es que hubo un intelectual cachondo, cuyo nombre no consigo recordar (a ver si alguno de mis cultivados lectores es capaz de ayudarme), que dio la vuelta a la sentencia, y escribió, poco más o menos: "no tengo nada contra la idea abstracta de judío. Los que me molestan son los judíos en particular, uno por uno". No es que este señor abogara por la aniquilación de los judíos. Por lo que recuerdo, si hubiera sabido lo que iba a ocurrir años después se habría quedado calladito. Más bien trataba de poner en evidencia lo pobre del argumento de quienes trataban de parece respetuosos con los derechos humanos al tiempo que alimentaban el odio contra una raza, o un pueblo, o un grupo religioso.

Pero, como te he dicho, esta historieta no era más que para calentar motores. A lo que iba. Yo también voy a dar la vuelta a la frase. No a la de los judíos, sino a la otra. Creo en la Iglesia, pero no en Jesucristo. Ahí queda eso.

No sé si lo has pensado alguna vez, pero Jesús trajo un nuevo mandamiento: "que os améis unos a otros como yo os he amado". Piénsalo bien, Toñi, querida. No es una recomendación, no. Es un mandamiento. Jesús fue el primero en ordenarnos amar. Que se dice pronto. Hasta entonces las religiones se metían en nuestros asuntos personales lo justo. No mates, no robes, no copules con la vecina. Vale. Nos decían lo que no debíamos hacer. Pero no entraban ni por asomo en cómo debíamos pensar o sentir. Legislar sobre un sentimiento es sencillamente tramposo. Ni siquiera tras años de terapia racional-emotiva puede un ser humano sano decidir sus sentimientos. El mandamiento es simplemente imposible de cumplir. En todo caso, su cumplimiento queda fuera de nuestra capacidad de actuación. Alguien puede amar a su prójimo y a su enemigo, pero será por azar. No porque lo haya decidido. Sin embargo, el mandamiento es aparentemente tan bello, tan simple, tan revolucionario, tan tentador...

La Iglesia, sin embargo, ha suavizado mucho esta carga. Con la atrición y la contrición, ya sabes. Pero esto lo voy a dejar estar, que doctores tiene la Iglesia.

La Iglesia, a lo largo de dos milenios, ha cometido muchas atrocidades. Sin duda. Pero mira, Toñi: también ha hecho muchísimas cosas buenas. Me voy a limitar a enumerar algunas. Si no estás de acuerdo, lo discutimos en los comentarios.

La Iglesia plantó la semilla, entre otras muchas cosas, de la escuela universal, las universidades, los hospitales, los orfanatos, la asistencia social, los comedores, la cooperación al desarrollo, los reformatorios, los centros de inserción laboral y la atención temprana a personas con discapacidad.

Si ignoramos todas estas hazañas, nos encontramos con barbaridades como la que pude ver en Zaragoza, en una exposición sobre mujeres anarquistas, que daba a entender que las primeras enfermeras fueron las milicianas, a quienes los anarquistas varones llamaban "camaradas de retaguardia". Los cojones. Fueron las monjas, muchos siglos antes.

Como colofón, quiero terminar con algo que dijo mi amigo Eduardo cuando la tan traída y llevada visita del Papa a España:

"Yo sólo veo que las personas que reciben al Papa rebosan amor y en sus caras hay sonrisas, y las que se manifiestan en su contra rebosan odio y en sus caras hay amargura. Yo tengo claro lo que quiero que llene mi vida ¿y tú?"

Vale, la frase es empalagosa. Yo no la suscribo. Pero algo de eso hay.

Bueno, Toñi, te dejo por hoy. Feliz Navidad.