Respuesta a Oriente Próximo: I Introducción

25 noviembre 2010

Etiquetas: cosa pública

Querido Horacio:

Tal y como te prometí (o amenacé), voy a seguir amortizando nuestra UTB (Unión Temporal de Blogs) contestando a tu saga sobre Oriente Próximo. Aceptando, eso sí, el tono que sugieres: "compartir con quien lea estas entradas, las sensaciones que me produce este eterno conflicto".

Así que voy a dejar a un lado los hechos y me centraré, como tú, en los sentimientos que me genera la lectura de Arenas movedizas, el blog de Enric González.

Es extraordinario encontrar en la misma publicación y de la misma pluma dos artículos como Derechos humanos y El barbero blasfemo. Dice mucho del autor, y me sugiere una reflexión sobre los fanatismos.

El fanatismo, contra todo pronóstico, es un valor. En política y en la opinión pública. Al que cambia de opinión se le llama tránsfuga y se le condena al ostracismo. Los periodistas investigan a los políticos tratando de descubrir en qué difiere su discurso actual del pasado, para echarles en cara que no siempre han pensado igual. Aún recuerdo con rubor el caso de Albert Rivera: la prensa informa que estuvo afiliado al Partido Popular y todo cristo, incluso el propio Rivera, lo consideró una acusación. El subconsciente colectivo considera que cambiar de ideas políticas (vulgo evolucionar) es indeseable. El político perfecto, virginal e inmaculado es aquel que ha mantenido el mismo discurso desde su niñez. Conclusión: lo deseable es ser gobernados por niños, o en su defecto por cincuentones que no han evolucionado desde su infancia. Me cago yo en el subconsciente colectivo. Lástima que no vendan Prozac colectivo.

La misma energía que se invierte en poner en valor el inmovilismo se emplea en condenar cualquier fisura en el discurso. Se tiende a identificar contradicción con disidencia. Cerrar filas con un partido o una idea implica casi siempre ser incapaz de cualquier autocrítica.

Por supuesto, me desmarco de esta postura. He nacido en democracia, y supongo que por eso cuando me acerco a cualquier tipo de militancia y oigo el mismo discurso una y otra vez, consignas en lugar de argumentos y tolerancia cero a las críticas, me huele raro.

Me huele raro el movimiento pro palestino. No voy a engañarte, simpatizo con Palestina más que con Israel. Pero no acepto que para defender a unos se oculten los defectos propios o las virtudes del otro bando.

El fanatismo, en España, es prácticamente inofensivo. Con muy pocas excepciones, ponerse las orejas de burro y negarse a escuchar otros puntos de vista trae muy poquitas consecuencias. En Oriente Medio, sin embargo, la gente mata y muere por ideas. Deberíamos ser un pelín más responsables antes de apoyar incondicionalmente a un bando o a otro. Porque podemos estar justificando atrocidades que ni nos imaginamos. Podemos, incluso, estar colaborando con ellas.