Respuesta a La sociedad cínica

26 diciembre 2010

Etiquetas: cosa pública

Querido Horacio:

En primer lugar, gracias por asistir al acto del 25 aniversario del Consejo. Te guardo un DVD. Sabes que no te invité por quedar bien (no tenemos esa necesidad, después de tantos años), sino porque pensé que apreciarías el vídeo. Por su contenido y por tu propia trayectoria.

Tras la lectura de tu artículo La sociedad cínica, me decepciona un poco tu visión de la participación actual. No porque no comparta tu diagnóstico acerca del cinismo instalado en la sociedad actual. Aunque yo no lo habría llamado cinismo; pero no, no es por eso. Me decepciona porque creo que no profundizas lo suficiente. Aunque te aproximas a lo que yo creo que es el quid de la cuestión.

Te aproximas, sobre todo, al recordar las palabras del profesor Embid. La frase exacta, que es una de mis favoritas en los 41 minutos de vídeo-documental, reza: "el Estado de prosperidad no anima mucho a lo que antes se entendía por maduración". Creo que podríamos cambiar maduración por participación y seguiría siendo una afirmación válida.

El asistencialismo (que en mi opinión es una perversión del Estado de bienestar) está ahogando a la participación. Así de claro. Ante cualquier problema o dificultad, la primera reacción de los jóvenes, y cada vez más de los menos jóvenes, es exigir a la Administración una solución. Si alguien pierde su trabajo, culpa a la empresa, al sindicato, al gobierno y a la oposición. A continuación exige al gobierno una solución, sea un subsidio o un puesto de trabajo. Lo último que hace, si es que llega a hacerlo, es preguntarse qué puede hacer, individualmente o en asociación con otros, para mejorar esta situación.

Esta actitud generalizada se alimenta por las promesas de los propios políticos, que ofrecen soluciones sin mencionar jamás la responsabilidad de los ciudadanos. Por hacer honor a la verdad, Rodríguez Zapatero sí la mencionó hace no mucho, aunque de una forma más bien tímida. Pedir cualquier esfuerzo a los ciudadanos no es una buena estrategia para ganar votantes.

Voy a recordar algo que ya mencioné en mi artículo sobre la participación: es positivo que existan subsidios. Son parte del Estado de bienestar. Pero es indigno reclamar un subsidio o una ayuda pública como primera opción ante cualquier problema. Y es algo que, tristemente, se está generalizando, con la complicidad necesaria de partidos, sindicatos y otras organizaciones sociales. No sé si esta actitud, que no me canso de repetir que me resulta indigna, humillante y vergonzosa, es mayoritaria o solamente generalizada.

Esta postura, servil y autocastrante, de quien renuncia a ser un ciudadano activo para convertirse en un esclavo gordo y bien alimentado, se ha trasladado de los individuos a las organizaciones. Conforme se han ido consolidando las conquistas sociales de la democracia, que son cojonudas en sí mismas, muchas organizaciones de base asociativa se han acomodado hasta desvirtuar su naturaleza. Me refiero a las subvenciones, como ya imaginarás. Algunas entidades que se autofinanciaban en base a cuotas y donativos hace sólo un cuarto de siglo disponen hoy de ayudas públicas que suponen la casi totalidad de su presupuesto. Esto es un gravísimo error. Han generado una dependencia total de las subvenciones. Y ahora que las ven peligrar, con las vacas flacas, ponen el grito en el cielo y exigen una solución. Hablo de asociaciones de derecho privado que exigen a la Administración que siga financiando sus estructuras y actividades. ¿Nos hemos vuelto locos?

En cualquier caso, como imaginarás, sigo creyendo que la participación no goza de tan mala salud. De hecho, muchísimas organizaciones siguen trabajando de forma responsable, voluntaria y autogestionaria. Lo que ocurre es que generalmente protestan menos y hacen menos publicidad. Por eso suelen pasar desapercibidas.

Concluyendo mi respuesta, estoy de acuerdo en tu diagnóstico sobre el cinismo imperante en la sociedad; pero creo que no es sino un síntoma de la actitud (voy a recopilar aquí todos los adjetivos anteriores) indigna, humillante, vergonzosa, servil, autocastrante y autoesclavizante que, para colmo, parece ya endémica. Ya sabes, cree el ladrón que todos son de su condición. Quien piensa que todos los que participan en organizaciones no lucrativas lo hacen para medrar o enriquecerse es alguien a quien nunca querría como asociado.

Quizá sea hora de revisar la conocida pirámide de Maslow. Una vez cubiertas todas las necesidades, especialmente si se han satisfecho sin demasiado esfuerzo, no siempre se logra la autorrealización; puede desembocarse también en la mendicidad.