Rafita y la cerveza para el corazón

12 septiembre 2011

Etiquetas: toñi, pichote y compañía

Mendigo

Buena parte de los ratos ociosos de mis años de estudiante, descontados los que pasaba con Horacio, transcurrieron con Toñi en el Burguer Luis, un pequeño tugurio cercano a la Universidad, entre humo de cigarrillos, aceite de plancha, jarras de cerveza y buena conversación.

La clientela de Luis era una extrañísima mezcolanza de estudiantes, comerciantes, guardias civiles, parados y jubilados. Rafita, que ni por asomo era el más raro del grupo, trabajaba como mendigo titular en una parroquia cercana.

Los domingos y fiestas de guardar no se le veía el pelo; pero los días de labor echaba la mañana en el bar, tomando cañas.

--Mis clientas son fieles --dice, entre trago y trago de cerveza--. No hace falta que esté en la puerta de la iglesia; dejo la gorra en el suelo y antes de comer voy a recaudar.

Rafita bebe cerveza, asegura, por prescripción médica.

--Una vez, en Tenerife, me llevaron en ambulancia con una angina de pecho. El médico me hizo beber un litro de cerveza antes de hacerme no sé qué pruebas. Desde entonces bebo cerveza y no he vuelto a tener ningún susto de esos.

--No jodas, Rafita. No te daría cerveza. Sería otra cosa. Un contraste, o algo así.

--Cerveza, coño. Me dieron cerveza. Si a mí ni siquiera me gusta la cerveza. La bebo para el corazón.

--No tienes tú cuento ni nada.

--Vete a la mierda, Toñi. No me creas si no quieres.

Toñi tiene debilidad por Rafita. Lo mira tiernamente, como si fuese un niño a quien proteger. Buen conocedor de su oficio, el hombre viste ropa gastada y atemporal, pero no es, ni de lejos, el más sucio ni quien peor huele del bar. Es difícil calcular su edad. Su rostro, duro, aparece surcado por profundas arrugas, pero su pelo es fuerte y apenas empieza a platear en las patillas. Cuarenta y cinco, tal vez cincuenta, piensa ella.

--¿Y qué hacías tú en Tenerife?

--Yo soy canario, niña. Nací en Tenerife.

--Y ¿por qué viniste a Zaragoza?

--Porque mi mujer era una puta --contesta, casi recita, sin emoción--. Luis, ponme una cervecita para el corazón, anda.

--¿Pero tú estás casado? --pregunta Toñi.

--Dos veces. Y tengo cinco hijos, dos con la hija de perra de Tenerife y tres con la de ahora. La Conchi. Que la tengo enferma, a mi pobre Conchi.

El Comisario levanta la vista del periódico y mira al mendigo con curiosidad. Aquí no hay clases ni roles sociales. Sólo parroquianos.

--¿Cuándo te separaste de la de Tenerife?

--No me separé. Un día me fui porque era una puta. Y no la he visto más.

--Entonces eres un polígamo --dice Toñi, divertida.

--Qué va, niña. Yo casi no fui a la escuela.

--Polígamo significa que tienes dos mujeres.

--Y una mierda. Yo no tengo más mujer que la Conchi. La de aquí. La quiero a rabiar, aunque está enferma. Y a mis niños.

--¿A los cinco?

Rafita no contesta, pero la tristeza se dibuja en sus ojos, fijos en el fondo del vaso de cerveza.

--Un día, cuando tenga dinero...

Se interrumpe. Apura la caña, de la que ya no queda más que la espuma adherida a las paredes de cristal. Por un momento, sus ojos de marfil amarillento casi se humedecen.

--Cuando tenga dinero voy a volver a Tenerife para matar a esa puta.

--No jodas, hombre --gruñe el Comisario, con más disgusto que reproche.

--Sí señor. Voy a matar a esa puta y traerme a los niños.

--¿Cuántos años tienen? --pregunta Toñi, con ingenuidad.

--Seis la chica y cinco el chico.

Luis coloca frente a Rafita otra cerveza (para el corazón, claro) sin esperar a que el mendigo se la pida. Le mira fijamente, serio, y pregunta con suavidad:

--Rafita, ¿cuándo dejaste a tu familia de Tenerife?

--El año 78. Cuando lo de la Constitución.

Luis aprieta los labios y reposa su mano, cariñoso, sobre el hombro del mendigo.

--Rafita, de eso hace veinte años.

Toñi traga saliva y me mira. El Comisario arquea las cejas y mira a Rafita, quien arruga la frente, pensativo, y entreabre los labios. Parece que va a decir algo. Pero no lo hace. Nadie habla.