Polvo de hemeroteca: Aunque usted pueda pagarlo, España no puede

4 marzo 2011

Etiquetas: cosa pública polvo de hemeroteca

Estos días se ha hablado bastante de este viejo eslogan. Algún periodista lo atribuye al régimen franquista. No es cierto. En realidad, formaba parte de una campaña que se inició en 1976, aunque está muy relacionada con la crisis del petróleo del 73.

La crisis del petróleo fue, precisamente, la causa de la primera limitación de velocidad en España. En España y en medio mundo, ojo. De hecho, Franco fue de los últimos en adoptar la medida. Ocurrió el a final de marzo de 1974.

Entonces las cosas ocurrieron más despacio. Me sorprende, leyendo la prensa de la época, la libertad con la que se cruzaban opiniones. Tanta como ahora. Supongo que, no siendo un asunto que afectase al cuerpo doctrinal del régimen, no se aplicaba ningún tipo de censura.

Un tal César Mora, que escribía entonces en La Vanguardia, mantuvo su particular cruzada contra la medida, sin cortarse un pelo a la hora de criticar al Gobierno; eso sí, desde un escrupuloso respeto formal.

Ya el 2 de septiembre de 1973 (esto es, antes del embargo de crudo) este Mora defiende, con uñas y dientes, la ineficacia de la limitación de velocidad, que se había aplicado en Francia, para prevenir accidentes:

"La limitación de velocidad en el vecino país obedecía más a ganas de complacer el electorado con una medida espectacular que a verdadera convicción sobre su utilidad." (...) "Quienes sin meterse a más averiguaciones preconizan la limitación de velocidad, deberían hacer el experimento que paso a exponerles. Debe efectuarse en una autopista, a solas en el coche y sin vehículos a la vista. Pongan el automóvil a 80 ó 90 y, de vez en cuando, bajen la vista para observar en el cuentakilómetros. En las fracciones de segundo que inviertan en esas comprobaciones verán cómo ha cambiado el paisaje que les rodea. Cuando se marcha a ese tren no es aconsejable desviar la vista de la calzada, ni siquiera para ver si uno circula a 105 en vez de los 90 deseados. Esa obsesión de clavar la mirada en el cuentakilómetros --por miedo a las sanciones-- quizá ha contribuido más de lo que pueda imaginarse a que en Francia, en la reciente Operación retorno, que se desarrolló durante cinco días hayan muerto 204 personas, el 20,7 por ciento más que el año pasado."

Hay que entender el contexto, naturalmente. Por aquella época, el Seat 132 utilizaba su velocidad de crucero de más de 170 Km/h como reclamo publicitario, sin que nadie se escandalizara.

En cualquier caso, en España no se limitó la velocidad, como en Francia, por motivos de seguridad, sino persiguiendo el ahorro energético. Igual que ahora. Entonces las cosas se hicieron despacio, seguramente demasiado despacio, previo debate público y de forma paulatina. El Gobierno de la dictadura se preocupó por guardar las apariencias, y comenzó por publicar, el 16 de octubre de 1976, una serie de recomendaciones:

"Entre estas medidas, cabe destacar las siguientes:
  • Limitación voluntaria de velocidad a noventa kilómetros/hora y menor circulación en automóviles, utilizando con mayor frecuencia los transportes públicos.
  • Reducción de temperatura y horas de funcionamiento de las calefacciones.
  • Disminución del alumbrado comercial en intensidad y en tiempo.
  • Reducción del consumo de energía eléctrica en usos domésticos y comerciales.
  • Limitación, en usos industriales, del consumo de las diferentes fuentes de energía.
Además de estas medidas voluntarias se dictarán instrucciones para la reducción del consumo de energía en los organismos y servicios públicos. Se espera que estas medidas de carácter vofuntario permitan una reducción razonable del consumo de energía. En caso contrario, se adoptarán medidas de carácter obligatorio similares a las que otros países ya tienen establecidas."

Poco más tarde, el inefable César Mora volvía a la carga con catastróficas predicciones:

"A la larga, el automóvil va a volver a ser exclusivo para los privilegiados y prohibitivo para la masa. En cuanto al racionamiento, daría pie a un mercado negro de gasolina: muchos que no consuman todo el combustible al que tengan derecho acabarán vendiéndoselo a los que puedan pagarlo."

El 8 de diciembre de 1973 se anunciaba un paquete de medidas que afectaba solamente al sector público, sin entrar todavía en limitaciones para los particulares:

"Reducción del consumo de energía en organismos oficiales y servicios públicos. Fin de emisión de TVE a las 23.30. Dos horas menos de calefacción en las oficinas públicas. Ahorro del cincuenta por ciento en el alumbrado exterior a partir de las veintitrés horas. Limitación de velocidad para vehículos oficiales."

Por fin, el 31 de marzo de 1974 se hacía pública una nota oficial anunciando la limitación de velocidad:

  • "En autopistas, 130 km. por hora, excepto autobuses y camiones que no deberán rebasar los 100 km. por hora.
  • En autovías, carreteras provistas de arcén de 1,50 metros de anchura mínima o con dos o más carriles de circulación para cada sentido o, en su caso, con un carril adicional para vehículos lentos, 110 km. por hora.
  • En las demás carreteras, 90 km. por hora.
  • En vías urbanas, 60 km. por hora.
  • Pueden ser rebasadas dichas velocidades, salvo en vías urbanas, en 20 km. por hora para efectuar adelantamientos."

España fue uno de los últimos países europeos en limitar la velocidad. Alemania sigue, hasta hoy, sin establecer una velocidad máxima en autopistas.

El 10 de abril de 1974, una vez en vigor la medida, el pobre César Mora todavía protestaba, como gato panza arriba, asegurando que el ahorro sería solamente del 4 por mil del petróleo que se consumía en España:

"El periodista está sumido en graves dudas y cogitaciones sin igual. El periodista, que sólo dedica a esta cuestión del automóvil cinco o seis horas cada día, se pregunta --también es ganas de preguntar-- de dónde obtienen sus informaciones los rectores nacionales del tráfico, cómo se documentan, cómo vienen en determinar lo que es más apropiado para los usuarios de seis millones de vehículos que en España son. Sospecha el periodista que se agarra una legislación extranjera y --¡plaf!-- se endilga por estos pagos sin más ni más, y cree --mucho más grave todavía-- que, además, se hace con retraso."

Me hace gracia el amigo Mora. Los argumentos opuestos de los que hablaba el otro día. "La medida es mala. Además, se hace con retraso". ¡Coño! Si es mala, es un alivio que se haya tomado con retraso. Igualito que ahora, Zapatero: "La medida es buena. Además de ahorrar, salva vidas y contamina menos. Ojalá dure el menor tiempo posible". No insistas, Horacio, esto no es comparable con la congelación de las pensiones (un mal necesario). Las razones que aduce el Presidente para defender la bondad de la limitación no son coyunturales, sino estructurales: menos muertos y menos polución.

La opinión de Mora, sin embargo, era minoritaria. Una encuesta mostraba que el 69% de los españoles era partidario de la limitación de velocidad.

Después de este repaso de datos, con el que espero no haber aburrido demasiado al amable lector, quiero recuperar el eslógan del título. "Aunque usted pueda pagarlo, España no puede". Creo que, treinta y cinco años después, seguimos sin entenderlo. Es proteccionismo puro y duro. Se trata de reducir las importaciones para incentivar el consumo de productos en el mercado interior. Lo que ahorre usted en gasolina, que impepinablemente viene del extranjero, gástelo en cañas, en ropa o en lo que le dé la gana. Pero gástelo en España. Este es el mensaje, como lo era en 1976.

En principio, soy contrario a la planificación económica y, por supuesto, a estas tesis mercantilistas. Creo que el exceso de protección desincentiva la competitividad. En este caso, sin embargo, y por una vez, estoy de acuerdo con la medida.

En los hidrocarburos no hay competitividad que valga. Un barril de crudo es un barril de crudo. La máxima innovación a la que se puede aspirar es un diseño nuevo en la bombona de butano o un surtidor de gasolina que no gotee. Es un sector completamente intervenido y me parece apropiado que siga siéndolo. Si la medida contribuye a activar el consumo y, de paso, evita algún accidente, la aplaudo. Confío, además, en que la nueva limitación sea definitiva. Tampoco pasa nada por ir un poquito más despacio.