No vale chupapostes (y II) o cómo colarse

13 enero 2011

Foto: mathworks.com

Los niños presentan una increíble tolerancia a la injusticia. O, dicho de otra manera, no piensan en justicia e injusticia de la misma forma que los adultos. Lo siento por Platón y su caverna, pero no parece que la idea de justicia sea algo innato. Lo mismo ocurre con la maldad (hijoputez) que Horacio piensa que he olvidado mencionar y que caracteriza a los niños como colectivo. No, Horacio. La bondad y la maldad no existen en la infancia. Las ideas abstractas no se desarrollan hasta la preadolescencia, con permiso de Piaget.

Si un niño se enfrenta a una situación que le perjudica, como un abusón que le quita la merienda todos los días, no piensa en clave de justicia universal (esta situación es injusta y debería revertirse), sino en términos de supervivencia (esto no me conviene). Por lo tanto, no va a enfrentarse a su abusón como lo haría un adulto (deja de robarme la merienda porque no es justo y no tienes derecho), sino de una forma mucho más inmediata (deja de robarme la merienda porque tengo hambre).

Los niños presentan, desde la mentalidad adulta, una enorme capacidad de soportar situaciones injustas, por el simple motivo de que a ellos no les resultan injustas. Observan y se adaptan sin juzgar. Volviendo al entorno escolar, veamos qué ocurre cuando varios niños quieren beber agua de la fuente. Se organiza una fila; y es que una de las primeras cosas que aprendemos en el colegio es la fila india. Guardar el turno. Si esperan varios alumnos de segundo y aparece uno de tercero, no hay discusión: el mayor bebe sin aguardar su turno. Los pequeños esperan, tal vez con fastidio, pero sin oponer queja alguna. Simplemente piensan: "yo quiero ser de tercero". La casta es la casta.

Nadie en su sano juicio diría que el niño de tercero debe hacer cola junto con los de segundo. Puede y debe beber sin esperar a que lo hagan los demás. Pero cuando todos los que esperan son del mismo curso, sí existe la norma de hacer cola. No importa que uno sea empollón y otro abusón: aquí todos son iguales. Por supuesto, unos y otros miden sus fuerzas, se cruzan miradas y tratan de establecer su autoridad; pero colarse no está permitido.

La posición en la cola puede alterar momentáneamente la jerarquía establecida. El tirillas gafotas, por haber llegado antes que el matón, goza de un privilegio fugaz: beber agua antes que su archienemigo.

En la cola de la fuente hay normas; y donde hay normas, hay trampas. Amiguismo y corrupción. El tirillas gafotas no sólo puede beber antes que el matón, sino que puede colar también al paliducho que siempre sangra por la nariz, en un acto de provocación, un fraude de ley, que será sin duda protestado por el abusón, que se siente perjudicado.

--¡Eh! No vale colar.

--Sí que vale.

--No vale.

--Que sí.

--Que no.

Ambos razonamientos son impecables, hay que reconocerlo. La controversia se encuentra en empate técnico. Sólo puede terminar de dos maneras: con una violación de la pax augusta por parte del matón, mediante un empujón o un escupitajo, o con una sorprendente e incontestable maniobra estratégica del tirillas. Como a estas alturas las simpatías de casi todos los lectores estarán con este último (qué vamos a hacerle, los matones tienen mala fama), optaré por la maniobra incontestable.

--Sí que vale.

--No, no vale.

--Pues lo cuelo delante.

Lo cuelo delante. Una jugada maestra. El mejor intento de la historia de justificar la corrupción. Tres palabras que marcan la diferencia entre las sociedades animales y las humanas. El matón no tiene más remedio que aguantarse. Al colar delante al del algodón en la nariz, el tirillas viola la norma de la cola de la fuente y perjudica a los que se encuentran más rezagados en la fila. Pero también se perjudica a sí mismo, ya que deja que su amigo beba antes que él mismo. El abusón no tiene más remedio que aceptar su derrota. Ante la situación contraria, si él quisiera colar a un amigo, nunca hallaría la valentía, o la humildad, o la inteligencia para colarlo delante, usando su propio perjuicio como justificación del acto corrupto. Por una vez, por una sola vez, el tirillas ha vencido.