No vale chupapostes (I)

12 enero 2011

Etiquetas: infancia y juventud

Foto: morgueFile

La única patria del hombre es su infancia, que decía el otro. Por algún motivo, cada día encuentro más sentido a esta frase. No porque me cansen los otros candidatos a patria que me rodean, que también, sino por algo mucho más obvio e inevitable: los demás cada vez sois más jóvenes. Que no es lo mismo que reconocer que me hago mayor.

Lo curioso de la infancia es lo rápido que se destierra. La adolescencia, en muchos casos --desde luego, en el mío-- implica una negación sistemática de todo lo que parezca infantil. Este querer ser mayor a toda costa implica, además de asumir nuevos modelos de conducta, renegar en bloque de todo el pasado. Una auténtica pena, porque luego nos cuesta rememorar nuestros primeros años, de tanto que hemos intentado hacerlos desaparecer.

Y digo que es una pena porque creo firmemente que se puede aprender muchísimo de la conducta de los niños. Hay en ellos una sabiduría práctica que nos podría resultar muy útil a los adultos, en ocasiones.

Ojo. Nada más lejos de mis intenciones que reverenciar a la infancia como fuente de inagotable sabiduría. Lo dije antes y lo mantengo: hoy en día se idolatra a la infancia de forma irresponsable. Conviene recordar, y a menudo se olvida, que lo más importante de los niños es que son futuros adultos. Mientras son niños, pueden ser monísimos y todo lo que se quiera, pero son inmaduros e incompletos desde el punto de vista social.

Dicho esto, vuelvo a mi idea de que hay una sabiduría práctica muy interesante en los niños. Además, como suelen presentar pocos artificios, resultan muy fáciles de estudiar. Una lectura atenta de lo que ocurre en un patio de colegio puede ser de lo más instructivo.

Los colegios son una sociedad rígida y sólidamente jerarquizada. Sobre todo en Primaria. Los cursos actúan como castas prácticamente imposibles de quebrantar. Estar en segundo o en tercero le sitúa a uno en un nivel o en otro, con escasísimas excepciones: algún repetidor y unos pocos individuos promocionados o degradados de facto en el escalafón por los motivos más básicos que pueda uno imaginarse: ser gordos, altos, bajos, flacos, fuertes, discapacitados, llorones o meones. También, en ocasiones, por mostrar aptitudes de liderazgo o por formar parte de una aristocracia (tener hermanos mayores muy influyentes).

Dentro de cada casta o curso existen otras divisiones sociales. Básicamente, los abusones y los demás. Aunque casi podría hablarse de gremios: los empollones, los gamberros, los deportistas, los bufones... Cambiar de un gremio a otro, y por lo tanto modificar el estatus dentro de la casta, es posible, aunque extremadamente difícil. De hecho, los niños no parecen admitir que sea posible cambiar; más bien prefieren pensar que alguien había estado en el gremio que no le correspondía. "Creía que eras un empollón, pero resulta que eres majo" es un pensamiento mucho más común que "antes eras un empollón, pero has cambiado". Casi impensable resulta, por descontado, que alguien acepte la posibilidad de que un mismo individuo forme parte de dos gremios simultáneamente.

Reconozco que estoy describiendo fundamentalmente la sociedad escolar masculina. Y no pienso disculparme. Mi patria, mi infancia, fue fundamentalmente masculina. Si alguna de mis bellas e inteligentes lectoras quiere, puede complementar el retrato con la parte femenina del ecosistema. Toñi, ¿te animas? En cualquier caso, sospecho que no es muy distinto. Los gremios son diferentes, eso sí. El valor social de ser buen deportista no es igual entre las niñas que entre los niños. Y la dominación se ejerce de una forma menos física. Pero existe. Quizás exista mayor posibilidad de movilidad social entre ellas que entre ellos. Tengo mis dudas.

La sociedad escolar es cíclica. Cada septiembre todos se reencarnan como individuos de la siguiente casta. Se sube un peldaño, salvo excepciones. También cada otoño trae la posibilidad, aunque siempre pequeña, de cambiar de gremio. Quienes quieren integrarse en otra hermandad ponen en práctica las habilidades adquiridas durante el verano y tratan de ser aceptados por la agrupación de la que ansían formar parte. Esta, reunida en asamblea, es inflexible. Se requiere unanimidad. Un solo voto en contra basta para vetar la admisión. En caso de fracasar, el aspirante podría ser rechazado también por su gremio anterior, convirtiéndose en un paria, al menos, durante un trimestre. Hasta que las vacaciones de Navidad emborronen los recuerdos de todos, o quizás una oportuna fiesta de cumpleaños consiga reconciliarle con su antigua logia.

Poco a poco, esta sociedad siente la necesidad de autorregularse. Casi todas las leyes son herencia directa de la anterior reencarnación, esos chicos del curso siguiente que siempre serán mayores que nosotros. Pero cada curso es capaz de aceptar o rechazar las normas, recuperar alguna que había caído en desuso o inventar las suyas propias. Las leyes no se aprueban por plebiscito, sino por un sofisticado sistema de voto ponderado. Algunos expresan su opinión verbalmente, otros se alinean con unos o con otros mediante lenguaje no verbal. Todo el mundo sabe exactamente el valor exacto del voto de cada uno en función de su posición social general y en particular con la parcela que se trata de regular. Por ejemplo, el dueño del balón tiene mucho más voto en una cuestión de fútbol que en un asunto de canicas.

Este sofisticadísimo sistema de elección, simple sólo en apariencia, ha dado lugar a algunas de las leyes orgánicas fundamentales de la infancia. La Ley de la Botella (el que la tira va a por ella) y No vale chupapostes, la forma más eficaz de regular el fuera de juego mientras la FIFA no implemente el ojo de halcón, han sido posibles gracias a un sistema de autoridad y confianza, en el que el valor del voto de cada individuo depende de la autoridad que los demás le confieren.

En la continuación a este post hablaré de las normas para colarse en la fila de la fuente, fundamentales para comprender la actitud de los niños hacia la corrupción.