No es lo mismo

24 noviembre 2010

Etiquetas: cosa pública infancia y juventud

La metonimia (traducción para víctimas de la LOGSE: tomar la parte por el todo) está bien como figura literaria. Pero hace mucho daño al pensamiento. Cada día se inventan palabras nuevas, pero nos esforzamos por usar las menos posibles. Lo que no tiene nombre no existe. Utilizar el mismo nombre para designar realidades diferentes hace que, en nuestro pensamiento, los matices que separan a unas de otras desaparezcan.

Es simplista decir que el Reino de Marruecos es una dictadura. Simplista y falso. Es una monarquía despótica. Los efectos son similares: un gobernante con un poder desmedido y no sujeto a la ley. Pero la génesis es completamente distinta. Sólo puede haber dictadura donde anteriormente hubo democracia. Si renunciamos a comprender estos matices no entenderemos una mierda.

Es estúpido suponer que cada vez que una mujer muere a manos de un hombre estamos ante un nuevo episodio del mismo fenómeno. Etiquetar todos los casos como "violencia de género" lleva a asumir que las causas son siempre las mismas, y la forma de combatirla también. Es del género imbécil e irresponsable.

Llamar "extrema derecha" o "extrema izquierda" a toda expresión de pensamiento que no coincide exactamente con la del hablante es una simplificación grosera. Y, lo que es más grave, es peligroso, porque lleva a ignorar la importancia de los verdaderos extremos.

También es peligroso, además de profundamente injusto, afirmar que "todas las expresiones de violencia son igualmente reprobables" o chorradas así. Los grados existen. Deben existir. Son útiles y necesarios. No es lo mismo insultar que torturar. No es lo mismo mirar mal que quemar con gasolina. No es lo mismo. No puede serlo.

La gradación es tan importante, que a menudo la diferencia entre lo que consideramos éticamente aceptable y reprobable ("bueno" y "malo" o "bello" y "feo", para quien lo prefiera) es sólo una cuestión de grado. Los opuestos no están hechos de naturalezas opuestas, sino que son gradaciones distintas del mismo principio.

No hay olores agradables ni desagradables. Esto depende sólo de la concentración. En perfumería se utilizan los metil-mercaptanos, que son los mismos compuestos químicos que hacen que la mierda huela a mierda, en diferentes concentraciones y combinaciones.

"Alto" se opone a "bajo" solamente por la cantidad. El mismo principio, la longitud, da lugar a conceptos opuestos según su gradación. Ser muy alto o muy bajo puede ser un problema, pero el concepto de centímetro no es bueno ni malo.

La fetidez es indeseable. No mola nada. Pero si pudiéramos abolir los metil-mercaptanos, nos cargaríamos la perfumería.

Lo mismo ocurre con la violencia. No es más que un grado de la agresividad. Pero la agresividad, por sí misma, es necesaria. Sin agresividad nos habríamos extinguido. Bien devorados por otros animales o bien porque nuestra extrema timidez nos habría impedido procrear.

Al abordar la violencia de género, y especialmente su estrategia de prevención en jóvenes y adolescentes, se está cometiendo un terrible error: identificar agresividad con violencia. La agresividad es necesaria, como el centímetro. Es parte de la personalidad. Pretender abolirla, o tratar de conseguir la igualdad estadística entre chicos y chicas en su agresividad, es como pretender abolir los metil-mercaptanos: inútil y estúpido. Aunque pudiéramos obviar todos los factores sociológicos, quedaría una verdad biológica imposible de negar o abolir: la testosterona.

Naturalmente, estoy en contra de la violencia, física o psicológica, contra las mujeres. También contra los hombres. Y, sobre todo, contra los niños. Pero no puedo aceptar que la solución a este tipo de violencia pase por la represión de la agresividad. Pretender abolir la agresividad no sólo es inútil: también es irresponsable, porque dificulta lo que debería ser el objetivo de la educación: comprenderla, aceptarla y canalizarla.

Tampoco puedo aceptar que la igualdad de derechos pase necesariamente por la igualdad en todos los detalles de la vida entre los dos sexos. Esto no es una metonimia, sino un caso de falsa sinonimia que ha alcanzado rango ministerial. Por eso no participaré en los actos de esta semana contra la violencia de género. Porque creo que la estrategia está equivocada.