Mercadona, los chinos, Bruno Cardeñosa, la Luna y la Humanidad

11 marzo 2012

Etiquetas: cosa pública toñi, pichote y compañía

Bazar txinatarra

Llevaba tiempo madurando la idea de este post, y ha sido Juan Roig, también conocido como Sr. Mercadona, quien me ha dado la puntilla. Resulta que, hace unos días, Roig nos regaló este titular: "Los bazares chinos practican la cultura del esfuerzo que nosotros no hacemos".

Las reacciones y respuestas no se han hecho esperar. Algunas voces dan la razón a Roig, pero las más (o quizá las más sonoras) vienen a ser tirando a críticas, esgrimiendo argumentos tan dispares como la situación de los derechos humanos en China o la indiosincracia de los inmigrantes de aquel país, al parecer poco proclives a la integración cultural. No faltan quienes siguen contando la vieja y rotundamente falsa historieta de que los chinos no pagan impuestos en España debido a un presunto convenio entre China y España.

Los chinos son, de largo, el colectivo más maltratado en los mentideros. Ni gitanos, ni rumanos, ni homosexuales, ni latinoamericanos. Todos estos, no lo discuto, sufren a diario insultos y descalificaciones, a la cara o por la espalda; pero existe un consenso social a la hora de considerar estos ataque como xenófobos, racistas o discriminatorios. Si a un periodista, político o contertulio se le ocurre hacer un comentario desafortunado o malintencionado sobre los negros o los rumanos, se lo comen vivo. Y con razón.

Sin embargo, no es raro oír, en boca de personas que por lo general son muy cuidadosas con aquello de herir sensibilidades, perlas como "los chinos son la gran amenaza del siglo XXI", "es que los chinos no se quieren integrar" y lindezas por el estilo, sin que nadie les salte al cuello.

Una simple búsqueda de los términos "mercadona" y "chinos" en Google me lleva a un editorial aberrante de un medio digital, plagado de generalidades, bulos y suposiciones. Si el mismo artículo se refiriese a los comercios turcos o ecuatorianos, el digital estaría en el punto de mira de la airada opinión pública. Pero, como habla de chinos, se va de rositas.

La misma Toñi, en su época abertzale, me estaba enseñando orgullosa San Sebastián cuando, al pasar por una tienda china con un escaparate lleno de ikurriñas, murmuró: "putos chinos". Haciéndome el sorprendido, le dije: "yo prefiero llamarlos nuevos españoles. O nuevos vascos". Mala leche por mi parte, ya que ella, esa misma mañana, había estado presumiendo del fabuloso carácter vasco y lo requetebién que estaban recibiendo a los "nuevos ciudadanos vascos" procedentes de Sudamérica, África y Europa del Este. "No es lo mismo", respondió, picajosa.

Alguien tan poco sospechoso de xenófobo como Bruno Cardeñosa, director de La Rosa de los Vientos, dijo en una ocasión: "La humanidad podría volver a la Luna en los próximos cincuenta años. Si no lo hacen antes los chinos, naturalmente." Pa mear y no echar gota. La frase, pronunciada sin ningún tipo de malicia, no fue contestada por ninguno de los contertulios. Así de asentada está en nuestro subconsciente la consideración de los chinos como una realidad ajena, diferente, con la que a duras penas se puede empatizar.

Esta ausencia de empatía quizá no deba, en rigor, ser considerada como racismo. Pero, dado que se trata de un colectivo cuya presencia en la economía "de barrio" crece de forma espectacular, en forma de comercios y cafeterías, creo que sí supone un caldo de cultivo, cuanto menos, amenazador. No me sorprendería nada que, en un futuro más o menos cercano, se sucediesen contra los chinos las mismas acciones violentas que hace veinte años causaron alarma cuando comenzaban a darse contra los latinoamericanos; los que ya no cumplimos los treinta recordamos cómo el asesinato de Lucrecia Pérez nos abrió los ojos sobre la existencia de un fenómeno llamado xenofobia.

No es descabellado, aunque siendo conscientes de las diferencias, comparar esta ausencia de empatía, este odio latente contra los chinos, con el antisemitismo que se daba en toda Europa (no sólo en Alemania, y no sólo entre los nazis) en los años treinta y cuarenta. Al fin y al cabo, los tópicos y generalidades que se recitaban entonces sobre los judíos se parecen mucho a los que hoy se vierten sobre los chinos. Y hoy, como entonces, tienen algo de verdad, una pizca de misterio y mucha mala leche: una comunidad voluntariamente aislada, autárquica, de costumbres extrañas y signos identitarios fuertes, que concentraba un poder económico creciente. Claro que la presencia económica de los chinos de hoy tiene poco glamour: tiendas de todo a un euro y cafeterías. A cambio, es una presencia constante, que se repite en cada barrio y resulta evidente para todos, con independencia de nuestro trasfondo cultural, económico y social. No necesitamos que ningún iluminado, con o sin bigote, nos diga que los judíos dominan las altas finanzas; sabemos que los chinos dominan el pequeño comercio de barrio. Lo sabemos y nos jode que no veas.

Volviendo al infame artículo de La Voz Libre, el autor se regodea al criticar varios aspectos de las tiendas chinas (aunque, qué coño, son tiendas españolas dirigidas por chinos): falta de higiene, incumplimiento de la normativa (venta de alcohol a menores, legislación laboral, etc.) y falta de amabilidad. Hay algo de verdad, pero ni es una verdad exclusiva de las tiendas de chinos, ni se cumple en todas estas tiendas. (¿Quién no ha comprado chucherías en un kiosko, regentado por españoles, conocido como "el guarro"? ¡En todos los barrios había uno! Y ¿quién no ha comprado cigarrillos sueltos a los doce años, o bebido cerveza en un bar a los catorce?) Pero, junto con algunas verdades, se vierten con total impunidad mentiras, que en este caso pueden constituir libelos. Como la afirmación gratuita de que estas tiendas no emiten facturas (me he hartado de pedir facturas en tiendas de chinos y siempre me las han facilitado; a mano y con un sello de caucho, de forma totalmente legal), que no pagan impuestos (¿qué sabrá el autor?) o que incumplen la legislación laboral dados sus horarios, sueldos y cotizaciones (los autónomos en España pueden trabajar días enteros, y a menudo no les queda otro remedio).

El caso es que, leyendo esta colección de calumnias sobre los chinos, a mí me vienen a la cabeza muchos comercios, todos ellos propiedad de españoles, que forman parte de mi vida, de mi niñez, de mi historia.

Recuerdo El hombre, como llamábamos a la papelería donde compraba mis primeros paquete de pipas Churruca a seis pesetas. El dueño, que a mí siempre me pareció igualito a Walter Matthau, español de pura cepa, nos daba los cambios en caramelos Nata (dos por una peseta) y cultivaba en los meñiques unas uñas de varios centímetros que, se diría, no limpiaba nunca. Algunos años después, bajo la nueva gerencia de dos jóvenes pizpiretas que nunca limpiaron el mostrador, compré en el mismo local mis primeros Fortuna, a razón de tres cigarrillos por veinticinco pesetas. Un lucrativo negocio para las españolísimas jóvenes, que claramente se regodeaban en la corrupción de menores.

A pocos metros de El hombre estaba Rosario. Una tienda de conveniencia regentada por la propia Rosario y su marido, sordo como una tapia. El matrimonio se hizo viejo mientras yo me hacía mayor, y un día desapareció para siempre. Estaban siempre abiertos. Una vez oí al sordo decir, a grito pelado, que se levantaba todos los días a las tres para ir a Mercazaragoza. Durante el día, marido y mujer se turnaban para despachar pan, verduras, conservas y chuches hasta las nueve de la noche.

Josemari, de El Pozal, también es español. De Almudévar, nada menos. Abre el bar a las ocho de la mañana y cierra a las doce de la noche. Sólo descansa los domingos. Marisa, su mujer, en la cocina, solía ir y venir, para ocuparse también de los niños. Ahora que son mayores, lleva el mismo horario que su marido. Noventa y seis horas a la semana poniendo cañas y croquetas, dando menús y sirviendo carajillos.

Los comercios chinos, en resumen, no hacen sino ocupar un sector de la economía, el de los negocios de conveniencia, que cada vez menos españoles quieren atender. Porque queremos trabajar menos de cuarenta horas por semana, cobrar más de mil euros al mes y no asumir ningún riesgo. No sé si es justo, ni me lo pregunto: es, simplemente, la realidad.