Me cago en la tercera persona del plural

8 febrero 2011

Etiquetas: cosa pública infancia y juventud

Ellos

Le toca esta vez a Joaquín Sabina prestarme, sin su conocimiento, el título del post. Maldito ellos. El sujeto elidido de la irresponsabilidad. El "han hecho", el "han dicho", el "han decidido". La actitud pusilánime y servil, heredada y acrecentada generación tras generación, de toda una sociedad que renuncia a su protagonismo para convertirse en público de un espectáculo que ni entiende ni quiere comprender.

Ahora que me he desahogado un poco (discúlpenme, pero llevo sin fumar, así a ojo, diecinueve días y quinientas noches), trataré de exponerlo en clave más positiva.

Son (somos) muy poquitas las personas que nos referimos en primera persona a nuestra ciudad, nuestro país o incluso las organizaciones en las que militamos. Es más habitual conjugar la tercera (están con las obras del tranvía, van a reformar las pensiones). Curiosamente, ocurre lo contrario cuando se habla de un equipo de fútbol. Aquí sí que nos sentimos protagonistas, a pesar de que casi todos los clubes se han transformado en sociedades anónimas. Ya saben, hemos perdido o deberiamos fichar a Fulanito.

Incluso los socios de las cooperativas agrarias o de vivienda suelen hablar de ellas en tercera persona. La cooperativa me ha comprado la cebada a tantas pesetas, dicen, demostrando tener tan poco conocimiento de su calidad de socios como ganas de adaptarse al euro.

Volvamos a la cosa pública. Hablar del país propio en tercera persona es síntoma de que uno no es consciente de su papel, su responsabilidad y su poder como ciudadano. No quiero decir que uno no conozca sus derechos y deberes, ojo. Pero una cosa es conocer y otra ser consciente o tener presente. La tercera persona denota una supervivencia del clientelismo. Aunque sepamos que somos ciudadanos, seguimos comportándonos como siervos.

Lo portentoso del lenguaje es que no sólo nos da pistas acerca de la mentalidad del hablante, sino que también condiciona su forma de pensar. Es decir, el abuso de la tercera persona no sólo es un síntoma de irresponsabilidad, sino que también puede alimentar esta irresponsabilidad. Quien habla de los poderes públicos en tercera persona contribuye a generar más servilismo en sí mismo y en quienes aprenden de él. Algo especialmente grave en el caso de los niños y jóvenes, que ya vienen bastante agilipollados de serie. Estamos criando una generación de ciudadanos impedidos que son incapaces de establecer una relación lógica entre las elecciones y la Administración. Hablar de otras formas de participación más complejas que el voto es pura ficción.

En algunas comunidades autónomas se ha puesto en marcha la llamada "factura sombra": un documento que muestra a los pacientes de centros de salud y hospitales públicos cuánto cuestan al erario público (es decir, a todos) sus procedimientos. No me cabe en la cabeza (a pesar de su considerable perímetro) que alguien pueda oponerse a esta medida. Pues se oponen, oigan. No hay peor tonto que el que no quiere saber. Las objeciones que pueden oírse en los informativos y leerse en los comentarios de los digitales son de lo más variado, pero todas tienen algo en común: están formuladas en tercera persona. Me quedo con la perla que ha soltado una señora en el Telediario: "Si lo pagan ellos, ¿para qué nos van a mandar una factura?".

Me había propuesto ser positivo, pero miren, va a ser que no. Hoy no encuentro motivos para el optimismo. Es muy triste, pero nos identificamos más con una sociedad anónima deportiva que con nuestra ciudad, comunidad autónoma o nación. Manda cojones. Los hinchas, aunque abucheen, insulten o incluso agredan a los jugadores, técnicos o directivos de su club, siguen considerándolo suyo. Y, desde luego, quieren saber cuánto cuesta cada ficha.

Aunque no hablo árabe, sospecho que los egipcios hablan de su propio país en primera persona. Nosotros. Uno sólo sale a la calle a jugarse la vida cuando se siente parte del sistema que pretende cambiar. Miren por donde, va a ser la declinación del pronombre personal la que finalmente jubile a Hosni Mubarak. A mí me da pena por su hijo, que ha tenido que dimitir y está en una edad muy mala para buscar trabajo. Pero tranquilo, Gamalcito. Cómprate una parcelita en Marbella y espera un poco. Al ritmo actual de deterioro de la cultura de la participación, los españoles estaremos perfectamente preparados para una dictadura en un par de décadas.