Manifiesto por la III República Española

22 febrero 2011

Etiquetas: cosa pública

Foto: Wikimedia

Setenta y dos años después de la extinción de la II República Española; transcurridos treinta y dos años desde la aprobación de la Constitución Española vigente; tras sesenta y cinco años de paz en Europa occidental; cuando la inmensa mayoría de los ciudadanos españoles asume la democracia como un valor intrínseco, a algunos nos resulta inexplicable que España se defina todavía como una monarquía.

Los argumentos que tradicionalmente sustentaron la monarquía (origen divino y derecho patrimonial) no pueden ser a día de hoy sostenidos sino por algunos reductos simbólicos de la sociedad.

La valoración positiva, compartida por muchos, de la labor del actual monarca no debería servir de justificación para perpetuar un sistema cuyos fundamentos contradicen frontalmente el principio de igualdad ante la ley.

El apoyo popular del que todavía goza la monarquía en España se explica, fundamentalmente, por la concurrencia de dos posiciones enrocadas: la de quienes reivindican una III República que debe ser sucesora directa de la II República, y concretamente del último Gobierno de esta, del Frente Popular; y la de quienes, por no coincidir ideológicamente con aquellos, se niegan a plantearse una República que se presume continuación de un episodio histórico concluido en 1939.

Unos y otros, al identificar la República con un signo político concreto, con unos acontecimientos históricos determinados y con una iconografía particular, pueden estar entorpeciendo el desarrollo de un debate público sobre la forma política idónea para el Estado español.

Los abajo firmantes (o megusteros) desean la proclamación de la III República Española como un modelo neutral de organización del Estado, donde tengan cabida todas las opciones políticas democráticas.

Dicha proclamación se entenderá como una afirmación necesaria de la soberanía popular. Vendrá precedida de una legislatura constituyente que propondrá una nueva Constitución que defina la cosa de las Comunidades Autónomas y las competencias transferidas, de modo que puedan transcurrir algunos años sin cambios estructurales. Se agradecerá que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, el texto constitucional procure también alguna utilidad al Senado, o bien consume su extinción sin mucho escándalo. El texto resultante deberá ser, obviamente, sometido a referéndum decisorio.

La enseña nacional, para evitar discusiones, será la que proponga la Real Federación Española de Fútbol. Se recordará a todos los ciudadanos que la bandera tricolor, con el pendón morado o comunero, identificó a la II República de España, pero no a la Primera, e incluso fue utilizada temporalmente por el bando nacional durante la última guerra civil, por lo que no debe considerarse de forma sistemática un emblema republicano. Se hará referencia, en caso necesario, a las frases antedichas sobre la concurrencia de dos posiciones enrocadas, etcétera. Lo mismo daría, a bote pronto, un pendón azul marengo o una bandera trapezoidal arlequinada. No se desestimarán, naturalmente, ni la rojigualda ni la histórica tricolor, hasta que se haya pronunciado al respecto la mencionada Real Federación Española de Fútbol.

El actual titular de la Corona será cesado con profundo agradecimiento por los servicios prestados. No se procederá a regicidio, por no ser costumbre entre los españoles. El exilio, que sí goza de muy arraigada tradición, tendrá carácter potestativo para los miembros de la Casa Real.