La tentación de la inocencia

3 octubre 2010

Etiquetas: infancia y juventud

Foto: morgueFile

Tomo prestado como título para esta entrada el de un libro de Pascal Bruckner que leí hace doce o catorce años, y que aprovecho para recomendar a todo el mundo. Simplificando, generalizando y siendo subjetivo (porque me da la gana), diré que hoy en día se idolatra la infancia. Sufrimos, como sociedad, el síndrome de Peter Pan.

Digamos, siguiendo en el mismo tono simplista, que hace dos o tres generaciones los niños no valían nada por lo que eran, sino por lo que un día llegarían a ser. El niño básicamente no tenía derechos, siendo poquito más que una propiedad de sus padres. Por descontado, nadie escuchaba sus opiniones. Nos ha jodido. "¡Son niños! ¡No tienen uso de razón!"

Los niños de hace menos de un siglo (en 1924 se aprobó la Declaración de Ginebra sobre los derechos del niño) no tenían voz ni voto en las decisiones que afectaban a su día a día. Incluso los que éramos niños hace 20 años no podíamos escoger nuestra ropa, nuestro menú, nuestro colegio ni nuestro destino de vacaciones.

Voy a aclarar esto. La mayoría de los niños de ahora tampoco eligen estas cosas. Pero sus padres insisten en razonar con ellos, negociar y, en definitiva, crearles la ficción de que son ellos quienes eligen. Mientras que hace sólo una generación la tónica general era el "calla, niño", suponiendo que nos atreviéramos a opinar, lo cual no era ni remotamente lo habitual.

En algunos casos los niños realmente mandan sobre los adultos. ¿Cómo se llamaba ese político que cambió su destino veraniego porque su hija adolescente tuvo un desengaño amoroso?

El caso es que ahora a los niños se les escucha mucho más. Lo cual está de cojón, a priori. Pero digo yo que a lo mejor nos estamos yendo de madre. Si antes el niño no tenía valor por sí mismo, sino sólo por el hombre que podría llegar a ser, se diría que ahora estamos en el extremo opuesto: el niño es el valor absoluto, y el hecho de que un día vaya a convierte en adulto es poco menos que un mal inevitable. Idolatramos valores intrínsecos a la infancia, como la ingenuidad, la inocencia o la espontaneidad. Pero, al hacerlo, disculpamos otras características inherentes a los niños, de bondad mucho más discutible: la irresponsabilidad, el egoísmo y la ignorancia.

Un indicador especialmente llamativo de este cambio en la mentalidad colectiva es la publicidad. En los 70 se llevaban los mensajes del tipo "tan simple que hasta un niño puede utilizarlo" para vender electrodomésticos. Ahora son los niños quienes nos dicen qué lavadora debemos comprar, qué valores debemos apoyar o qué compañía eléctrica es la más cuidadosa con la naturaleza. Oímos un mensaje con una voz infantil (bueno, en realidad es la de una actriz de doblaje que ya no cumple los cuarenta) y nos derretimos. Tan tiernos nos hemos vuelto que parecemos gilipollas.