La edificante historia de Jacinto Pichote

10 febrero 2011

Etiquetas: cosa pública infancia y juventud toñi, pichote y compañía

Escultura de Allister Bowtell

Querido Diego:

Después de nuestra extensa y reciente discusión, que acabó derivando en el sistema educativo, te prometí un post sobre el tema. Sin embargo, si esperabas un sesudo análisis, te voy a decepcionar. Confío en que te conformes con este relato sobre mi amigo Pichote.

Jacinto Pichote simbolizaba, en quinto de EGB, todo lo que cualquier niño de la clase quería ser. El mejor futbolista, el más payaso, el peor estudiante y, sobre todo, el más bocazas. Por motivos parecidos, representaba también la pesadilla de cualquier madre.

Su físico era imponente. Nos aventajaba a todos por una cabeza de alto y un palmo de ancho. Creo que durante la enseñanza obligatoria pasó más tiempo de pie, castigado, que sentado en su pupitre. Aunque la posición estándar de castigo era "mirando a la pared", Pichote siempre se revolvía, inquieto, y terminaba apoyado --casi tumbado, algo que ahora que lo pienso me resulta inexplicable-- contra la pared, comunicándose con nosotros mediante gestos, muecas y vocalizaciones exageradas. Naturalmente, terminábamos por prestarle más atención que al profesor.

A pesar de contar con todas las aptitudes necesarias, Pichote no era un abusón. Al contrario, era un buenazo siempre dispuesto a echar una mano a un compañero. Incluso a una compañera, oye. Y eso sí que era inusual en aquellos tiempos. Toda su mala leche se dirigía hacia el profesorado.

Empezábamos quinto de EGB, como te decía, y nos cayo en gracia, como tutor, el Padre Rinconete. Este reverendo clérigo medía aproximadamente un metro quince y propinaba unos más que respetables capones cuando se le llevaba la contraria. Cerraba la mano diestra perfilando el nudillo del dedo corazón, apretaba los labios, fruncía el ceño, daba un saltito y, manteniéndose en perfecta suspensión aérea, nos intentaba abrir de nuevo la fontanela con el susodicho nudillo. A menudo, cuando recuerdo semejante puntería y sincronismo, me pregunto si el Padre Rinconete fue maestro de Bruce Lee o de Larry Bird.

Pichote, que era incapaz de mantener la boca cerrada, fue el primero en conocer el nudillo de Rinconete. Diecinueve veces en los primeros cinco minutos de clase, para ser exactos. Noble como era, Pichote no lloriqueaba. Recuerdo que sólo decía "¡ay!", en un tono que expresaba más sorpresa que daño, y se frotaba la coronilla con la palma abierta. Aún no había terminado de dolerse cuando volvía a ganarse otro capón por una contestación, un bufido o una risotada.

El Padre Rinconete no consideraba de mala educación pegar a un niño sin preguntarle antes su nombre, así que todavía no sabía cómo se llamaba ninguno de sus nuevos alumnos cuando procedimos al ritual de elección de delegados.

Déjame que haga un paréntesis para contarte que yo era, casi siempre, delegado de clase. Y Toñi solía completar el duunvirato, sin necesidad de cuotas ni paritarismos impuestos. Esta vez Toñi y yo nos miramos y vimos clara la estrategia. Hicimos campaña electoral por el mismo candidato. Campaña clandestina, en cuestión de segundos, sin carteles ni eslóganes. Sólo con miradas cómplices, dedos que señalaban, cuchicheos y algún papelito plegado. El resultado fue óptimo.

La votación se celebró de viva voz. El Padre Rinconete no quería guasas y un sistema de papeletas secretas podría encumbrar de nuevo a Félix el Gato o a la Pequeña Lulú como delegados. Así que procedió a señalarnos uno por uno, por orden de lista, y preguntar quién era nuestro candidato.

--Jacinto Pichote-- dijo, muy seria, la primera electora. Los otros cuarenta y dos mocosos sofocamos como pudimos una carcajada.

--Jacinto Pichote-- continuó el siguiente alumno.

--Jacinto Pichote.

--Jacinto Pichote.

Cuando había votado casi media clase y era evidente que la victoria de Pichote era aplastante, el Padre Rinconete hizo un inciso.

--Veo que este Pichote es muy apreciado por todos sus compañeros. Supongo que habrán tenido en cuenta la importante labor del delegado y las virtudes con las que debe contar el candidato: comportamiento ejemplar, compañerismo, madurez... ¿Quiere Jacinto Pichote ponerse de pie?

Cuando Pichote se levantó, con ese movimiento pesado tan característico, balanceándose a izquierda y derecha antes de ganar la verticalidad, recordando vagamente a un osezno, el terror se dibujó en el rostro del Padre Rinconete. Esta vez saltó unos cuarenta y ocho centímetros, manteniéndose en suspensión durante varios segundos, lo que vino a convencerme de su legendario pasado como monje shaolín. Mientras se mantenía en levitación comenzó a gritar, en tono estridente:

--¡Usted! ¡Usteeeeed! ¿Qué broma es esta?

Naturalmente, Pichote nunca fue proclamado. Durante el primer trimestre no tuvimos delegado. Después de Navidad, en unas elecciones convenientemente manipuladas, Toñi y yo ocupamos de nuevo la poltrona.

Creo que nunca volví a hablar del asunto, ni con Toñi, ni con Pichote, ni con ninguno de los compañeros. No sé si los cuarenta y tres alumnos decidimos votar a Pichote por los mismos motivos. Supongo que algunos solamente querían tomar el pelo al viejo cura. Pero sospecho que hubo mucho de compañerismo en nuestro gesto. Es indudable que Pichote se había ganado nuestro afecto y no estábamos dispuestos a tolerar que se abusara de él de forma sistemática. Creo que lo conseguimos. A partir de entonces sólo sufrió abusos ocasionales, como todos los demás.