Ideas sobre la democracia (y III): mayorías y parlamentos

14 noviembre 2010

Etiquetas: cosa pública

Foto: morgueFile

Querido Horacio:

Pensaba dedicar este tercer post a la responsabilidad, y un cuarto a las mayorías. Pero tras leer tu respuesta creo que está de más hablar de responsabilidad. Me quedo con tu frase: "considero que participación y responsabilidad son exactamente lo mismo". En efecto, llevo varios días tratando de escribir sobre responsabilidad, y no me vienen ideas nuevas que no haya planteado ya al hablar sobre participación.

Maldito seas. Mientras escribo este artículo, has publicado un artículo sobre la responsabilidad. Tenemos que definir mejor los términos de la UTB (Unión Temporal de Blogs). Bueno, estoy de acuerdo también con este último artículo.

Sólo una aclaración. Patinas cuando dices "ya sé que tú empleas esa idea de responsabilidad, en la vertiente del gobernante". Nada más lejos. A mí me interesa, como a ti, la responsabilidad del gobernado. No digo que no se deba exigir responsabilidad al gobernante; sólo que la del gobernado es igualmente importante y está mucho más denostada.

Antes de entrar en harina, te voy a dar un tirón de orejas. Dices que yo afirmo que "la democracia se define fundamentalmente por las elecciones". Nastis. Lo que yo dije es que "en nuestro entorno, la democracia se define fundamentalmente por las elecciones". O sea, que es el rasgo más visible y, para muchos, el único indicador de democracia en una sociedad. No es mi definición, por supuesto. Creo que lo he dejado claro.

Voy a utilizar como punto de partida la caracterización de democracia que tú propones: "(la democracia se define) "por el gobierno de la mayoría y el imperio de la ley". No puedo estar más de acuerdo. El imperio de la ley nos lleva a la limitación del poder, a la separación de poderes y al llamado "Estado de derecho". Que, por cierto, sigue siendo una asignatura pendiente en España. Pero ya expliqué que mi pretensión no es escribir lo que se ha dicho hasta la saciedad sobre la democracia. No pretendo parir un artículo enciclopédico, sino dar unas pinceladas sobre los aspectos que creo que habitualmente se omiten.

Hoy toca hablar de mayoría, y con este post concluiré mi modesta trilogía, salvo que tu respuesta justifique una contrarréplica.

Parece razonable que las elecciones son una fórmula práctica para que un grupo numeroso de personas exprese su opinión. Tienen problemas, claro. Para empezar, el voto de todas las personas tiene el mismo valor. Esto es una aberración. Me da igual que me llames faccioso y retrógrado: es evidente que hay ciudadanos tontos, muy tontos, listos y muy listos. Esto es diversidad, oye, un valor en alza. No estoy insultando. Estoy describiendo. Cuando alguien tiene un coeficiente intelectual inferior a 70, se le da un se le da un certificado de discapacidad psíquica y se le prohíbe votar. Si el día del test ha estado especialmente brillante y le ha salido un 71, puede votar. Y su voto vale tanto como el de cualquiera.

Este principio de "una persona, un voto" no sólo es aparantemente injusto por razón de la inteligencia, que no es sino una capacidad. Tampoco se consideran otras circunstancias muy relevantes. La edad, por ejemplo. En un instante, al cumplir los 18 años, el valor de tu voto pasa de cero a uno. Sin ningún tipo de gradación. Y nunca ascenderá, a pesar de que tu aprendizaje y madurez siguen evolucionando durante toda tu vida.

Y ¿qué decir de la información? Tampoco se tiene en cuenta. Es clásico el ejemplo de las monjas de clausura. Salen de paseo en las jornadas electorales, y no puede uno dejar de suponer que votarán lo que les mande su superiora o su confesor. Pero hay otras clausuras menos evidentes. Las personas que jamás leen un periódico, que sólo ponen la tele para ver a Belén Esteban y no encienden la radio salvo para escuchar bakalao. ¿Qué diferencia hay entre ellas y las monjas, en cuanto a su información sobre la cosa pública?

No puedo considerar justo el principio de "una persona, un voto". Pero, naturalmente, tampoco puedo ofrecer una alternativa mejor. Al final, volvemos a lo de siempre. ¿Quién es el listo que puede decidir cuánto vale el voto de cada uno?

Así que acepto el sufragio universal como "el menos malo" de los sistemas y no como un dogma de fe. Por lo tanto, no se me erizan los pezones ni se inyectan mis ojos en sangre cuando se hace evidente que algunos votos no cuentan. Me refiero, ya te lo imaginas, al tan criticado sistema de circunscripciones. Ya sabes, el mismo número de votos puede traducirse en resultados muy diferentes según su concentración. Por eso los partidos regionales obtienen muchos más escaños que partidos nacionales con un número de votantes similar o incluso superior. No es algo que me indigne especialmente. En España, hemos optado por una organización territorial cuasi federal basado en las comunidades autónomas. Un sistema de circunscripción única parecería bastante fuera de lugar en nuestro modelo de Estado.

Uno de los temas recurrentes de debate es el de los pactos de investidura. A un número preocupante de conciudadanos les resulta inmoral que el candidato principal de la lista más votada pueda no gobernar. Alguien ha llegado a plantear en serio, sin despeinarse ni nada, la posibilidad de una segunda vuelta en el caso de que ningún partido obtenga la mayoría absoluta.

Y es que, por increíble que nos parezca, muchos electores no tienen ni puta idea de qué es lo que votan. A pesar de que nuestro sistema es, teóricamente, parlamentario, en las elecciones generales todo el mundo parece comportarse como si fuera presidencialista. Todo el mundo, ojo. Empezando por los propios partidos. Los carteles electorales muestran la foto del principal candidato del partido, en lugar del cabeza de lista de cada circunscripción. La gente cree estar votando por un candidato a presidente y, naturalmente, se siente defraudada cuando descubre que no es así. Esto tiene mucho que ver con tus apuntes sobre la responsabilidad, por cierto.

El sistema presidencialista me resulta totalmente respetable, aunque prefiero el parlamentarismo. Lo que me resulta aberrante es esta mezcolanza en la que estamos instalados. Un quiero y no puedo. Listas cerradas, disciplina de partido, pactos antitransfuguismo... Ya sabes.

Quizá te sorprenda que me parezcan mal los pactos contra el transfuguismo. Pues sí, chico. Me parecen horrorosos. Es posible que en muchos casos el tránsfuga sea un corrupto o un vendido. Pero sobre el papel, no es más que un parlamentario que ejerce una responsabilidad personal, anteponiendo el mandato de sus electores sobre la disciplina de su partido.

Para concluir este post, que me está saliendo más agresivo de lo que había previsto, voy a tratar de ser una miaja constructivo, proponiendo el sistema parlamentario que me parece más adecuado: el anglosajón.

Me consta que lo conoces perfectamente. Pero Toñi no. Así que voy a explicar sucintamente en qué consiste.

En cada circunscripción se presenta un solo candidato por partido. También es común que se presenten candidatos independientes. Se elige solamente a uno de ellos. Es decir, cada circunscripción, que puede ser un barrio, una ciudad, una comarca o una provincia, tiene un solo parlamentario. El candidato más votado se lleva todo el pastel. Los votos de los demás, podría decirse, van directamente a la basura. O no. Porque el parlamentario en cuestión representa a todos los electores y responde ante ellos.

Sí, sí. El parlamentario responde. Para empezar, tiene la obligación de mantener su residencia en el lugar donde ha sido elegido. Allí atiende las visitas de cualquier ciudadano de su zona que lo solicite.

Los votantes saben perfectamente quién es su parlamentario y pueden vigilarlo de cerca. Saben qué vota cada día en el Parlamento. Y el parlamentario sabe que sus electores lo saben. Y sabe que su reelección depende de tenerlos contentos, más que de tener contento al líder de su partido.

Aquí no hay trásfugas. No como los nuestros. Es normal que el voto se divida. Sus señorías no votan necesariamente lo que les ordena la dirección nacional o federal de su partido. Saben perfectamente a quién tendrán que rendir cuentas: a los votantes de su circunscripción.

No es de extrañar que el modelo parlamentario anglosajón suela ir acompañado de una fuerte democracia interna en el seno de los partidos. Los políticos, candidatos o aspirantes a parlamentarios, no tienen miedo de ventilar sus debates en público. Al contrario. No les preocupa tanto influir tanto en su partido como en sus electores.

La imagen que he pintado es bastante idílica, por supuesto. El parlamentarismo anglosajón también tiene sus puntos flacos. Pero creo de verdad que contribuye a fortalecer la responsabilidad de los ciudadanos.