Ideas sobre la democracia (II): participación

6 noviembre 2010

Etiquetas: cosa pública

Foto: morgueFile

Querido Horacio:

Te prometí la continuación a mi último artículo. Y paciencia, que aún faltan dos o tres entregas. Ya sé que dije que saldría Biel, y soy consciente de que has estado prácticamente en vigilia constante, descuidando tus obligaciones familiares y laborales, con los ojos como faros, esperando este momento.

Bueno, en realidad lo de Biel era sólo un ardid publicitario. Saldrá, sí, pero más adelante. En el artículo de hoy quiero hablar de participación y qué quieres que te diga, chico, no sabía cómo encajarlo.

Participación es una de esas palabras que, a fuerza de usarlas, han perdido su significado. Que se lo hemos desgastado, vamos. Para unos, la participación es espontánea y silvestre, como las setas. Para otros, es un ritual consultivo, habitualmente sin sacrificios cruentos, convocado desde la Administración. Algunos opinan que consiste más que nada en pulsar el botón "Me gusta" de Facebook. Hay quienes participan como espectadores y quienes no conciben renunciar a su papel protagonista.

Existen tantas significados para esta palabra que lo primero que quiero hacer es definir, para nuestras cuentas, qué entiendo por participación.

En la EGB nos enseñaron que la definición no debe ser negativa. Pero coño, es que así es mucho más fácil. Con tu permiso.

La participación no consiste votar. Eso es otro capítulo, el de la mayoría. Allí hablaremos de Biel (puedo prometer y prometo).

La participación tampoco consiste en opinar, sin más. La opinión irresponsable es fantástica para la barra del bar, para Twitter y para los blogs. La libertad de expresión es condición necesaria para la participación, pero no debemos tomar la parte por el todo.

La participación, como la entiendo, tampoco es una consulta. Me parece fetén que ahora los políticos reúnan a las fuerzas vivas de vez en cuando para pedirles su opinión. Pero esto no pasa de ser una consulta.

Entonces, ¿en qué consiste la participación? Pues, más que nada, en diagnosticar necesidades, proponer soluciones, contribuir a llevarlas a cabo y evaluar los resultados. Oigo una voz desgañitándose entre el bullicioso gentío: "¡Eso tiene que hacerlo el gobierno! ¡Para eso se les paga!" Bueno, eso lo hace el ejecutivo también en los sistemas dictatoriales. Si renunciamos a participar como ciudadanos, estamos optando por una dictadura electiva. Que puede ser muy respetable, oye, pero no es democracia.

Me voy a centrar en dos modelos de participación: el espontáneo y el delegado. Como hoy no se me están dando bien las definiciones, voy a echar mano de un par de ejemplos.

La participación espontánea la conoces bien. Se trata de la militancia. En una asociación de vecinos, en un partido político, en un sindicato, en una iglesia o en un grupo ecologista. Donde sea. Los militantes se reúnen para compartir sus inquietudes y cambiar la realidad hacia lo que cada cual considera deseable. En ocasiones hacen propuestas al gobierno de turno, pero muchas otras veces emprenden iniciativas ciudadanas de otro tipo. Poner en marcha un comedor benéfico, organizar un boicot contra una empresa, protestar contra el uso de pieles o contra el uso de condones o lo que se te ocurra. En algunos casos los intereses son claramente políticos, ya que las acciones se dirigen a favor o en contra de un gobierno. Pero, en muchos otros casos, la militancia no se relaciona con los poderes ejecutivo y legislativo. Entonces se dice, erróneamente para mi gusto, que las organizaciones son "apolíticas". Para mí, cualquier acción que pretenda cambiar algo de nuestro entorno, trascendiendo nuestros intereses personales, es política. Este tipo de participación es vital para la salud social y un complemento necesario a los tres poderes.

Todo el que se mueve en el mundillo asociativo dice que este tipo de participación está de capa baja. Y cuando el río suena, ya sabes. Es cierto que el voluntariado y el compromiso no atraviesan su mejor momento. Pero existen y existirán, se transformarán y vivirán un nuevo auge. ¿Sabes por qué? Por la crisis. Bueno, también porque está en la naturaleza humana y todo eso. Pero, sobre todo, por la crisis. No me voy a extender en esto, porque creo que es carne para otro post. Pero te adelanto algo: el asistencialismo es un veneno para la participación espontánea. Me parece cojonudo que el Estado garantice unos niveles dignos de bienestar. Pero me resultaría humillante, como ciudadano, renunciar a mi derecho a mejorar la sociedad por mí mismo, trabajando en equipo con otras personas de mi cuerda. Y cuando hablo de asistencialismo, incluyo los subsidios y las subvenciones. Peste. Veneno. Opio. Caca. No digo que no deban existir, ojo. Digo que son peligrosas y deben administrarse con buen criterio. De lo contrario, pueden matar el espíritu emprendedor de cualquier persona y, sobre todo, de las asociaciones. Con la crisis, como no hay más remedio que recortar, tal vez repunte de nuevo este espíritu. Qué remedio.

Pero me estoy adelantando. Ya te he dicho que esto lo dejaré para otro post. Saldrá Toñi, creo.

Volviendo a la participación, decía que distingo dos tipos. El espontáneo y el delegado. El primero, como hemos visto, existe y está bastante extendido, si bien se está transformando y anda un poco flojucho de salud. Vamos con el segundo.

Un ejemplo de participación por delegación, que me consta conoces, es el de las Casas de Juventud de Zaragoza. Me refiero al primitivo. No voy a entrar en cómo y por qué fracasó. Me interesa como modelo teórico.

Para quien no sepa de qué estoy hablando, la idea era poco más o menos así: el Ayuntamiento dispone de unos locales y de unos duros. Quiere ponerlos a disposición de los jóvenes. En lugar de gestionar estos espacios mediante funcionarios o subcontratas, como se terminó haciendo a la postre, proponen que los jóvenes se hagan cargo ellos mismos del cotarro. Con acompañamiento y supervisión, eso sí. Pero con grandes dosis de libertad y responsabilidad. Proponían actividades sociales, culturales y educativas, se aprobaban, se les dotaba de los dineros pertinentes y se les dejaba hacer.

Este modelo, que he presentado muy simplificado, me parece, sobre el papel, sublime. Valiente, sí. Arriesgado, también. Se trata de romper con el papel del ciudadano como usuario de un servicio público, para convertirse en protagonista, gestor y responsable de una parcelita de la cosa pública. Para mí, esto es democracia. Tanto o más que las elecciones.

No conozco muchas iniciativas comparables a esta. En el sector de la juventud, que es en el que trabajo, se están dando pasos importantes. Sobre todo en el medio rural. Seguramente la democracia es más fácil a pequeña escala, oye. De otro modo, la cosa se complica. ¿Cómo articular la participación en un Estado democrático de unos 50 millones de estómagos? Voy a contestar con precisión y exactitud: no tengo ni puta idea.

Agradeceré en el alma comentarios, opiniones, experiencias, críticas y dádivas.