Ideas sobre la democracia (I)

3 noviembre 2010

Etiquetas: cosa pública

Pericles

Querido Horacio:

Te prometí hace unos días un post sobre la democracia. Casi nada, oye. Se ha escrito más sobre este tema de lo que cualquier gafapasta célibe pueda leer en su vida. Así que no voy a ser ambicioso: solamente daré unas pinceladas.

En primer lugar, creo que democracia debe escribirse en minúsculas. Leer "Democracia" me chirría. A veces a mí mismo se me escapa, pero no me gusta. Hay que tener cuidado de no divinizar algo que es un invento humano. Como cualquier invento, está sujeto a revisión, se perfeccionará y probablemente se sustituirá por un nuevo invento que lo supere.

Como ya habrás notado, me gusta recurrir a la etimología de vez en cuando. Esta es fácil. Demos, pueblo. Crátos, poder o gobierno. Ahí tienes a los griegos que te prometí.

En nuestro entorno, la democracia se define fundamentalmente por las elecciones. Así, el gobierno del pueblo se traduce como el gobierno de la mayoría. Sin embargo, esto no ha sido así siempre. En la democracia clásica, la de Atenas, las elecciones eran secundarias. Muchos de los cargos se elegían por sorteo y otros eran rotativos.

Esto puede chirriar mucho hoy en día, aunque el sorteo no nos resulte tan extraño en el caso de los jurados populares y la rotación sea corriente en las comunidades de propietarios. Te invito a que lo pienses: ¿qué consecuencias tendría para España que los cargos públicos se eligiesen por sorteo? Toñi podría ser alcaldesa de Cuenca. La Asun, ministra portavoz. Jiménez Losantos, fiscal general. Y Cayo Lara, incluso Presidente del Gobierno. Vale, el panorama no es muy alentador. Pero, a largo plazo, ¿cuál sería la consecuencia? Seguramente, por fin nos tomaríamos en serio la educación. Por la cuenta que nos trae.

Así que en la Atenas de hace 2.500 años (se dice pronto) la participación era más importante que la mayoría. Todos los ciudadanos ostentaban alguna vez en su vida un cargo público. Siempre hay alguien que nos recuerda, para quitar hierro al asunto, que los ciudadanos no eran todos los habitantes del Ática. Es decir, se excluía a los niños, a las mujeres y a los esclavos. Vale. Pero, aun así, la participación era mucho mayor que en la actualidad. Los ciudadanos eran entre el diez y el quince por ciento de toda la población. No hablamos de deslizar un papel en una urna cada cuatro años, sino de participación real, efectiva y responsable.

Responsable, sí. Quienes, por razón de su cargo, tenían que manejar dinero, respondían de su gestión con su patrimonio personal. Lo mismico que ahora, ¿verdad?

No sólo eran responsables de los dineros que custodiaban. Como norma general, cualquier ciudadano, después de ejercer un cargo, estaba bajo sospecha. Se le investigaba. Los romanos, que en el fondo querían ser griegos, llevaron esta práctica hasta el extremo.

También fueron los atenienses los primeros que apuntaron aquello de la separación de poderes. Ya sabes, legislativo, ejecutivo y judicial. Aunque lo cierto es que esto se desarrolló muchísimo más tarde. Y, qué quieres que te diga, creo que en España es todavía una asignatura pendiente.

No pretendo, por supuesto, recuperar la democracia ateniense. Pero sí creo que una democracia actual debería fundarse en los mismos principios: participación, responsabilidad y mayoría. Con demasiada frecuencia nos olvidamos de los dos primeros.

Si te parece, en los próximos días me extenderé un poquito más (tampoco mucho, no vayas a pensar) en cada uno de estos principios. Y luego, si te animas, nos trajinamos al alimón un proyecto de Constitución para Córcega. Pobres corsos.