Humor sin complejos

30 septiembre 2010

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Foto: morgueFile

A veces se dice que el humor comienza por reírse de uno mismo, o chorradas parecidas.

El humor comienza, tanto cronológica como evolutivamente, por reírse de los demás. Está en nuestra naturaleza. Tal vez no en la naturaleza de todos los seres humanos: unos nacen sin vista, otros sin oído, otros sin la capacidad de reírse de los demás. Pero está en nuestra naturaleza como especie.

Reírse sienta bien. Desahoga. Es sano. Uno comienza de pequeñito, y fíjense cómo les gustan los payasos a los niños. El clown básicamente gusta porque es torpe, se cae, se equivoca, se hace daño y acaba con un cubo de pintura por la cabeza. Y los niños se ríen viéndolo. Y no se ríen con el payaso, no: se ríen de él.

La mayor parte de los chistes hacen gracia porque reproducen el esquema del clown. Nos reímos de personajes reales o ficticios. Nos reímos de sus defectos, de sus disparates, de sus equivocaciones. Al reírnos de ellos reafirmamos nuestra superioridad: somos mejores porque no habríamos cometido sus errores.

Algunos chistes invitan a reírse de la diferencia, de los otros, de los que son distintos por cualidades que objetivamente no son defectos ni signo de inferioridad, pero que en el chiste se convierten en tales. Los del sexo opuesto, los de otra raza o los de una determinada nacionalidad. Nos reímos de ellos, sin que ello signifique necesariamente que seamos sexistas, racistas o xenófobos. Nos reímos de un estereotipo.

También nos reímos de las situaciones. El niño que se reía del clown ha evolucionado y ya es capaz de razonamientos abstractos. No necesita un objeto físico al que dirigir sus burlas. Así nos reímos de la manera en que las personas interactúan, pero no de las personas mismas. El surrealismo entra al humor de la mano de Grocho Marx. Y en España, de la mano de Tip. Uno no se ríe de estos humoristas, ni tampoco de sus personajes. Se ríe de las situaciones, de las disparatadas realidades que dibujan, de la extraña pero implacable lógica que gobierna sus argumentos. Y uno no puede sino preguntarse si no serán Groucho o Tip quienes se están riendo de nosotros. Y posiblemente sea así.

El humor está estrechamente relacionado con la inteligencia. No tengo ninguna duda al respecto. Y es también terapéutico. Algunas personas son (somos) capaces de reírnos en las situaciones más adversas. Afrontamos con una dosis variable de sentido del humor los desengaños, las frustraciones e incluso el duelo.

A veces el humor es frívolo, pero casi siempre es algo muy serio. Puede darse en diversas concentraciones: en estado casi puro (el chiste) o como condimento de cualquier actividad humana. Al parecer los cirujanos y sus equipos se ríen mucho durante las intervenciones. Me alegro por ellos. Seguro que así operan mejor.

Uno puede reírse de sí mismo, claro que sí, pero ese no es el comienzo del sentido del humor. Es más bien el final. Y no estoy tan seguro de que sea una acción reflexiva del todo: más que reírse de uno mismo, uno de algún modo se desdobla y se ríe de su imagen proyectada. Se ríe de su sombra mientras la señala con el dedo. Pero la sombra no se ríe.