Fray Tuck

14 agosto 2012

Etiquetas: cosa pública inclasificable

Fray Tuck

Vivo en Alemania desde hace seis meses. Tiempo suficiente para sentirme apartado de lo que ocurre en España, pero demasiado breve para enterarme de la misa la media de lo que pasa aquí. Por eso no publico últimamente.

Tuve la idea, de recién llegado, de escribir sobre mis primeras impresiones acerca del país y las diferencias sociales y culturales (mucho menores en la realidad que en el imaginario colectivo). Avergonzado por esta ocurrencia disparatada, la deseché en seguida por razones elementales de prudencia y decoro.

Exiliado, pues, de la actualidad española; falto todavía de confianza para tratar de analizar la alemana; y decidido a vencer la tentación de comparar dos realidades que ni siquiera comprendo por separado, como si fuese el primer y último español en Alemania, el único y verdadero árbitro, el depositario universal de la templanza y el buen juicio; no me quedaba sino escribir cuentos, historietas, anécdotas y recuerdos. Lo he estado haciendo, pero no he publicado una sola línea. La razón es fácil de explicar, pero difícil de confesar: me he embarcado, por enésima vez, en la composición de una novela. Seguramente, como en el pasado, la cosa degenerará en un simple ejercicio catártico-onanista y terminará en el fuego o en una carpeta cerrada en el fondo de un cajón. Pero, quién sabe, tal vez haber confesado aquí mis intenciones, ante Toñi y el resto de la panda, me confiera el valor suficiente para producir algo parecido a un libro que pueda interesar a alguien.

En cualquier caso, y para consuelo del amable lector, hoy no he decidido volver a publicar solo para explicar mi ausencia, sino para rendir un sentido y justo homenaje a un hombre bueno, un justiciero, un santo varón. Me refiero, si es que soy digno de pronunciar su nombre, al beato Juanmanuel Sánchez-Gordillo (el lector pío e ilustrado comprenderá el porqué de esta novedosa ortografía). Ensayaré la hagiografía, género que siempre me ha entusiasmado.

Ni siquiera voy a rebajarme a discutir el ruin sofisma de la legalidad de la Santa Cruzada contra las malévolas grandes superficies. Los actos realmente nobles y justos provienen de la divinidad, aunque cuenten con ejecutores humanos, y no están sujetos, por ende, a la justicia del siglo. Esto lo saben los hombres doctos y las damas prudentes; no así alguna menesterosa sin estudios, sin duda engañada por el pérfido capital. Afortunadamente, el izquierdólogo y censor señor Serrano se ha ocupado de demostrar la miserable condición de esta iletrada, digna de nuestra lástima. Nadie en sus cabales derrocharía un solo segundo en cuestionar algo tan prosaico como la legalidad de la expulsión de los mercaderes del templo, de la toma de la Bastilla o del rapto de Europa. Tampoco del justo asalto al Mercadona. La esencia suprema y universal de estos actos heroicos y necesarios los sitúa, así como a sus actores, por encima (por debajo, dirían, con Nietzsche, algunos materialistas) de la ley de los hombres, imperfecta y vulgar.

Juanmanuel ha sido bendecido con un entendimiento preclaro, inmediato e infalible. Él no se deja confundir por los sofismas tramposos y las llamadas ciencias sociales (¡ciencias!, como si los hombres fueran capaces de tal cosa), mucho menos por la ciencia económica, dictada por el maligno y propagada por su siervo, el capital.

Se ha comparado al Beato con aquel hijo de Albión, el llamado Roberto de Sherwood. El símil, aunque disculpable, resulta odioso. El legendario bandido era un fuera de la ley confeso, mientras que nuestro Juanmanuel, como hemos visto, se sabe por encima, o más allá, de una ley torpe y envilecida. Su condición de aforado, que algunos heresiarcas esgrimen en su contra, no es sino un augurio providencial. Por otra parte, Robin era conocido como alegre y parrandero, aficionado tanto a las enaguas de la aristocracia como a los ceñidos calzones de los más alegres proletarios, condiciones estas que delatan su oneroso origen burgués. Juanmanuel, por contra, se distingue por su carácter patético y enojadizo, como corresponde a un prócer de la Santa Madre Izquierda.

Sin embargo, en la humilde opinión de quien suscribe (¡perdonen los cielos mi vanidad e impertinencia!), hay algo en la leyenda de Robin Hood que acaso debería ser replicado por Juanmanuel el Bueno: la costumbre de frecuentar la compañía de algún que otro representante del clero, como fue el caso del orondo fraile Tuck.

Invito al amable lector a realizar por sí mismo (las cajeras de supermercado, por razones éticas, acompañadas por su marido o un pariente proletario) el siguiente experimento. Diríjanse con algún alimento de primera necesidad a una institución benéfica laica, tal como un comedor para indolentes o un asilo para abuelitos desamparados, y ofrezcan la donación desinteresada del mencionado alimento. La respuesta será, según mi experiencia (coordiné algunas actividades educativas residenciales en las que solía sobrar comida), cortés pero firmemente declinatoria. El argumento oficial: razones de seguridad alimentaria exigen la trazabilidad de todo alimento. Tal fue la respuesta que encontró nuestro venerado Juanmanuel. ¡Pamplinas! La verdadera razón estriba en la conspiración judeofacciosa, que pretende impedir las justas expropiaciones espontáneas (no confundir con saqueo).

Realice el lector, acto seguido, la siguiente comprobación. Diríjase con el mismo producto rechazado por el establecimiento laico a una fundación católica, preferiblemente regentada por monjas. No sólo las hermanitas aceptarán encantadas la limosna, sino que, si el lector se confía, en pocos minutos, y sin entender muy bien cómo o por qué, puede haber donado también su ropa de abrigo y el diezmo de su jornal, haber apadrinado a varios morenitos y haberse suscrito sine die al boletín informativo de la Orden.

Si el lector conserva todavía presencia de ánimo para un tercer ensayo y cuenta con la amistad de un cura, fraile o monja, le invito a que se dirija de nuevo al primer establecimiento, laico, en compañía de esta persona. Según un estudio de la Volkshochschule de Mülheim an der Ruhr, en setenta y ocho de cada cien casos el religioso consigue persuadir a la organización caritativa para aceptar el donativo. Esta tasa de éxito depende no tanto del carácter perecedero o del estado de conservación de los alimentos como del atuendo del cura, fraile o monja. Huelga decir que el ropaje más efectivo es la casta sotana, seguido de cerca (0,7 puntos porcentuales) por el sobrio hábito franciscano. La púrpura cardenalicia, cuya efectividad está demostrada en las altas esferas, despierta, sin embargo, no pocos recelos entre los mandos intermedios y pánico agudo en algunos técnicos.

El clero se revela, a todas luces, como el aliado natural de la izquierda en la próxima revolución, cuyo liderazgo moral recae ya de forma irreversible sobre Juanmanuel (¡presente!). Humildemente, me atrevo a sugerir al amado Führer (por emplear la voz germana, sin otra connotación) que siga mi humilde consejo y cultive alianzas estables con la jerarquía eclesiástica. Desde luego, no espero que lo haga con el sector rancio y caduco de la Iglesia, sino más bien con el cura rebelde fornicador y con la monja obrera comprometida. El mosén Serapio de Mendoza y la sor Citroën de Lazaga serán el fray Tuck de la nueva era.