El retrasado de la Estación de Oriente

22 noviembre 2011

Etiquetas: palabros toñi, pichote y compañía

Querida Toñi:

Lo del título no es una errata, no. No he querido decir retraso. Mi tren ha llegado a su hora. He querido decir, precisamente, retrasado; o, como ahora se dice, persona con discapacidad intelectual. ¿Por qué he escogido un término tan obsoleto y políticamente incorrecto? En parte, desde luego, por hacerte rabiar. Pero también por otro motivo, que entenderás si lees este post hasta el final.

Resulta que estaba yo esta tarde en Lisboa, en la Estación de Oriente, frente a la parada de taxis, cuando he visto a un discapacitado intelectual. Un individuo como de mi edad cuya fotografía podría ilustrar la entrada pueblo, tonto del en cualquier enciclopedia. Sin ánimo de ofender, eso sí. Quiero decir que respondía al estereotipo con exactitud. Mal afeitado, jorobado, pelo grasiento, ropa no muy limpia, con el bajo del pantalón remangado hasta media pantorrilla y una bolsa de supermercado en la mano. Yo no estaba lejos de él, pero lo suficiente, con ayuda del viento, para no poder oír lo que decía. Sin embargo, está claro que el tipo estaba cabreado. Increpaba a un grupo de taxistas, con el puño en actitud amenazadora. He comprendido que el enfado daba paso a la furia al verle estrellar la bolsa de plástico contra el suelo y pisotearla.

Yo actuaba como se espera de un caballero civilizado de viaje en el extranjero: con absoluta indiferencia. Aplicando escrupulosamente la etiqueta de ascensor. Ya sabes, como cuando coincides con un extraño en un ascensor: fingiendo estar muy concentrado en el poste del autobús y procurando que mi mirada no se cruzara con la de los taxistas ni, mucho menos, con la del retrasado.

Sin embargo, mi Quijote interior ha comenzado a revolverse en mis tripas cuando tres de los ociosos taxistas se le han acercado, riendo, haciéndole claramente la burla. Por un momento, ya digo, he querido rebelarme contra los taxistas y la puta que los parió, en defensa del pobre inocente. Pero también, lo reconozco, he experimentado un súbito reverdecer de mi orgullo patrio, basado únicamente en un odio (momentáneo, eso sí) a Portugal. "Maldito país subdesarrollado, con sus estufas de butano y sus taxistas mofándose de este pobre desgraciado", me he oído pensar. Ha sido un momento de debilidad, desde luego. Una fugaz crisis de fe en mi militancia en la ciudadanía activa europea y todo eso. Pero chica, eso es lo que me ha venido a mi cabeza. "Estas cosas no pasan en España", me he dicho, en un exceso de optimismo. "Quizás hace veinte años, pero ahora no. No en Madrid, frente a la estación de Chamartín."

En esas andaba, preguntándome si realmente había viajado en el espacio o más bien en el tiempo marcha atrás, y permitiendo de paso al Sancho Panza que habita dentro de mí ganar la batalla a mi instinto de intervenir, cuando, en un pestañeo, he visto la misma imagen de un modo completamente distinto. Resulta que el pobre diablo ya no estaba enfadado, ni furioso, sino más bien contento. Riendo con los taxistas, dando saltitos como bailando para ellos, que reían también y le sacudían palmadas, quizá demasiado efusivas, en la espalda contrahecha.

Entonces lo he visto claro. Naturalmente que sí, había viajado en el tiempo. Como treinta o cuarenta años, creo. Yo, el visitante del futuro, como tantos otros viandantes que, seguramente, venían de mi época, no estaba burlándome del desgraciado. Sencillamente lo estaba ignorando. Le estaba llamando "discapacitado intelectual" y evitando todo contacto, incluso visual, con él. Los taxistas, aquellos trogloditas, podían estar burlándose de él. Pero eran los únicos que parecían reaccionar a su presencia, establecer un contacto. Incluso, aparentemente, le habían ayudado a sentirse mejor. Puede que no me gustara su manera de tratarle, pero, de pronto, tampoco me gustaba la mía. Tampoco me gustaba mi país, ni mi época.

Cuando me vaya a dormir esta noche, pensaré con cariño en Portugal, sus taxistas y sus estufas de butano. Cuando estos taxistas recuerden su "hazaña" esta noche, posiblemente usarán la palabra retrasado en lugar de discapacitado intelectual. Cuando el jorobado la recuerde, en su casa o dondequiera que vaya a dormir hoy, seguramente tendrá un buen recuerdo de los taxistas. Pero no se acordará de mí. Ni siquiera me ha visto. Y, si me ha visto, me ha ignorado, igual que yo a él. Puede que no sea tan tonto.