El Protocolo Chacón (y II) o el Día de la Raza

12 octubre 2011

Etiquetas: cosa pública

Regulares de Melilla

Ha pasado casi un año desde que la Ministra de Defensa anunciase, a bombo y platillo, un protocolo para evitar los abucheos durante el desfile del 12 de octubre. El protocolo, finalmente, ha consistido en alejar al público unos cien metros de las autoridades.

Lo llaman Fiesta Nacional, aunque a primera vista tiene poco de festivo. Los miembros de la Familia Real, convenientemente protegida su aura por un cordón de terciopelo, observan, henchidos de orgullo patrio e impasible el ademán, la izada de una bandera de dieciocho kilos. Que se dice pronto. Los gerifaltes de las regiones del Reino que todavía no se incomodan ante la Rojigualda también forman parte del atrezo, en otra tribuna, pero igual de impasibles. ¿Es una fiesta? Bueno, podemos aceptarlo. También hay fiestas serias, solemnes. Pero, ¿es nacional? ¿Dónde está la nación? Apartada. A cien metros. Tuiteando.

Ya sé, ya sé. Excusatio non petita, accusatio manifesta. No me importa. Me excusaré antes de que alguien me acuse de demagogo y oportunista. Naturalmente, un acto de estas características debe ser serio y solemne. Y tanta señoría por metro cuadrado requiere unas medidas de seguridad máxima. Sería estúpido pretender que la Fiesta fuera un carnaval, con el Rey y el presidente de Melilla bailando el Aserejé. También hay fiestas serias. ¡Claro que sí! Pero no hay fiestas tristes. Y lo que me inspira todo este esperpento es, precisamente, una profunda tristeza.

Que no, Toñi, que no es culpa de Chacón. Qué más dan cincuenta metros arriba o abajo. Lo que me resulta tristísimo es el conjunto. No es tan diferente de otras ediciones, así que supongo que quien es distinto soy yo. Me habré levantado taciturno. O pesimista. El caso es que, mire donde mire, solamente veo elementos que nos separan. La bandera. El Rey. El Presidente y los candidatos. Los barones y las baronesas. Los pitos y los aplausos, acallados. La voz monótona de los periodistas. Los ademanes, impasibles, imposibles.

Incluso el nombre de la Fiesta nos separa. Fiesta Nacional. Día de la Hispanidad. Día de la Raza. Día del Descubrimiento. Día Panamericano.

Me gusta el término raza, porque es más provocador que Pepito Piscinas. Hoy en día está casi prohibido hablar de razas. "La raza humana", dicen los progres, como si la sinécdoque pudiese abolir la antropología. O como si la antropología fuese culpable de lo que algunos han hecho en su nombre. Hace cien años, Rodríguez-San Pedro quiso celebrar, como raza, la hermandad entre España y los "prósperos" nuevos Estados americanos. Es evidente, cuando hablamos de tantas sangres mezcladas, que raza no se refería al ADN mitocondrial, sino a una cultura, un modo de vida, una historia compartida.

¿Qué ha cambiado? Frente al sueño de la Unión Ibero-Americana, un siglo después, en este rincón del mundo, nos obstinamos en celebrar la singularidad de cada región. Uno es igual de sospechoso si no se emociona ante el traje regional el día de las fiestas patronales que si lo hace ante los noventa pasos por minuto de los Regulares de Melilla. Pretender que el cachirulo o el chistu son modernos y democráticos, mientras que el carnero de la Legión es retrógrado y facha, es simplemente imbécil. La emoción es la misma. Es la raza, por mucho que intentemos negar esta palabra.