El páncreas de Silicon Valley

6 febrero 2011

Etiquetas: inclasificable

Steve Jobs

Hoy en día, cuando nos ponemos cursis, tendemos a situar los sentimientos en el corazón. Los griegos antiguos, creo que con mucho más acierto, los situaban en el hígado, el estómago y el páncreas.

Una de estas última vísceras ha estado a punto de dar un buen susto a los mercados. Me refiero, naturalmente, al páncreas de Steve Jobs.

No he sido nunca maquero (fanático de Apple y, concretamente, de su línea Macintosh), aunque sí reconozco que Jobs es un personaje totalmente único. Lo que suele llamarse un genio.

Se ha comparado a Jobs con el rey Midas. Ya saben, el que convertía en oro todo lo que tocaba. Lo de Jobs, en mi opinión, tiene mucho más mérito. No convierte sus productos en oro, sino que los reviste de algo, un valor añadido inmaterial, un yo qué sé que qué sé yo. Un aura que es capaz de despertar en el usuario, en el propietario de un ordenador o de un gadget, el sentimiento de formar parte de algo grande.

Veamos, por ejemplo, el iPhone. Es un buen teléfono, ojo. Pero no es el mejor. Ni el que más funciones ofrece, ni el que mejor suena. Ni siquiera permite compartir archivos por bluetooth. ¿Cómo es posible que sea el teléfono más deseado?

Lo mismo ocurre con el iPod. Cuando apareció, ya existían muchos reproductores de MP3. Todos funcionaban más o menos igual, como un dispositivo de almacenamiento USB estándar. Vamos, como un pincho. Enchufar, copiar archivos, desenchufar y reproducir. Y a Jobs se le ocurre presentar el iPod, que necesita instalar un programa pesado, lento y cargado de publicidad llamado iTunes. El resultado es bien conocido. iPod fue un éxito, a pesar de no ser el reproductor más bonito, ni el más versátil, ni muchísimo menos el que mejor sonaba. No sólo eso: iTunes ha revolucionado la forma de comprar música. Al margen de polémicas sobre derechos de autor, Jobs ha devuelto a millones de usuarios un motivo para pagar por canciones.

Y cuando digo Jobs, quiero decir Jobs. No Apple. No es habitual que una sola persona acapare tantísima trascendencia para una organización del tamaño de Apple. Jobs desarrolló, y sobre todo comercializó, el Apple II hace más de 40 años. Después vinieron el Lisa y el Macintosh. Recuerdo estos "cabezones" en la Universidad. Venían con un juego parecido al Pacman, en el que el protagonista era un Mac y los "malos" eran PCs compatibles. Apple mostraba su cara amable, fresca, juvenil.

Dicen que nadie es insustituible en una empresa. Esto no vale para Jobs. Durante los diez años que pasó apartado de Apple, entre 1986 y 1996, la empresa se vio al borde de la quiebra, de la que fue rescatada por IBM. Jobs, mientras tanto, fundó dos empresas de enorme éxito, NeXT y Pixar, y se convirtió en socio mayoritario de Disney. Casi nada.

Si quedaba alguna duda de que Apple es Jobs, se despejó definitivamente a partir de su regreso en 1996. Los iMac, el "Think different" y los gadgets marcaron la nueva edad de oro de Apple.

Ahora que Jobs se ha retirado, quizás de forma definitiva, será interesante comprobar qué ocurre con Apple. Si yo tuviera acciones, creo que me desharía de ellas. Apple no es un negocio corriente porque Jobs no es un hombre corriente. Hace poco alguien lo comparaba con Henry Ford por su desprecio por los estudios de mercado. "Si hubiera pedido a mis clientes su opinión, habrían pedido un caballo más rápido", cuentan que dijo el de Detroit. Jobs no nos ofrece lo que deseamos. Jobs hace que deseemos lo que nos ofrece. Dudo mucho de que alguien más en Apple sea capaz de conseguirlo.