El limpiabotas sin nombre

21 agosto 2012

Etiquetas: inclasificable

LimpiabotasA Rafael, porque me enseñó a hablar

No tenía nombre, creo, porque no lo necesitaba. El lenguaje otorga nombres a las cosas para distinguir unas de otras, y a las personas para llamarlas y referirse a ellas. Nadie lo llamaba nunca ni parecía desear nombrarlo. Yo era entonces un niño que jugaba a ser un hombre (pasarían algunos años hasta convertirme, acaso para siempre, en un hombre que juega a ser un niño) y lo frecuenté en compañía de mi padre, mis hermanos y algunas otras personas que siempre tenían nombre.

El Plomero tenía nombre, igual que el Uruguayo. Se dirá que Plomero y Uruguayo son simples apodos, como limpiabotas. No puedo explicarlo. El lector necesitaría mis vivencias, tendría acaso que ser yo, para entenderlo. Plomero y Uruguayo eran nombres auténticos, porque se pronunciaban con mayúscula inicial. No, la palabra que busco no es respeto. Nunca lo sentimos por el Uruguayo, en cualquier caso, y solo en ocasiones por el Plomero, aunque estos tuvieran nombre y mayúscula. Me refiero al reconocimiento, simple y llano, de su individualidad, de su yo. Me refiero (no encuentro palabras más acertadas) a la mayúscula inicial.

El limpiabotas del Tubo tenía un nombre: era el Limpia. El otro, el nuestro, el de nadie, el de ningún lugar, podía ser también el limpia, o el limpiabotas, pero esta coincidencia era solo fonética (o ni siquiera; ¡qué distintos suenan Limpia y limpia en los oídos de un niño!). Aun la diferencia entre nombres propios y comunes queda corta en este caso. El limpia forma parte de otra categoría gramatical. Una que, como él, no tiene nombre.

Supongo que habrá muerto ya. De algún modo, siempre supuse que estaba muerto, incluso cuando limpiaba zapatos sin limpiarlos y pedía limosna sin pedirla, y por eso no tenía nombre.

Tal vez me parecía muerto por sus ojos, que rara vez miraban otros ojos y tenían el brillo de las joyas de plástico y de los ojos de las muñecas de cartón o de algunos animales disecados. Tal vez por sus dedos, menos numerosos que sus muñones, o por sus dientes, todavía más escasos. O por sus arrugas negras y desordenadas. O por su ausencia de olor, que, en mi imaginación, compartía con los dráculas y los lagartos, los muertos que andan, los vivos de sangre fría y los insectos. O por sus movimientos lentos, de reptil, o por su voz gutural.

Así como el Limpia, el que tiene nombre, sabe hacer su oficio de rodillas y con dignidad, este otro sabía permanecer siempre humillado, incluso cuando, ocasionalmente, era respetado. Su estatura parecía todavía más menguada entonces, cuando, de pie y sosteniendo la mirada de algún cliente improbable, exudaba una indignidad imposible de confundir con la humildad.

Creo haber escrito que mi padre lo trató siempre con respeto. No importa si no lo he hecho; basta con que el lector crea haberlo leído. Se interesaba por su bienestar, le trataba siempre de usted, quizá intentó saber su nombre. Quizá lo supo, aunque no fuera un nombre, sino un membrete o un epitafio. Contrataba casi a diario sus servicios, pese a que el limpiabotas no tenía talento ni interés por su oficio. Pronto, el limpiabotas quiso solo la limosna, sin molestarse en fingir que sacaba brillo al cuero. Entonces mi padre se enfadó, mostrando así su respeto. Él no comprendió.

A veces me pregunto si el limpiabotas tuvo alguna vez una historia, una identidad, un nombre. Quizá se llamó Samsa antes de su metamorfosis, antes de su muerte. O quizá fue siempre un insecto, un muerto, nadie.