El bibliotecario viejo de Lovaina la Nueva

28 febrero 2012

Etiquetas: inclasificable

Libros

Hace unos meses, mi compadre Horacio se refería a cierta tristeza que yo había comentado a propósito de lo que nos divide para introducir, un poco por los pelos, sus preocupaciones previas al comunicado de ETA. Aprovechaba, en un ejercicio metaliterario, para reflexionar sobre lo difícil que a veces resulta dar con las palabras adecuadas para la introduccion de un artículo.

Así que, mira tú por dónde, ya tengo la introducción para este post, que llevaba varios meses acumulando polvo en el cajón de los borradores. Gracias, Horacio, majo.

Resulta que, hace un tiempo, asistí a un congreso sobre educación no formal en el Leuven Institute for Ireland in Europe. Y conocí a un profesor universitario a quien llamaremos Hans; no porque quiera preservar su anonimato, sino porque fui completamente incapaz de retener su nombre.

Lovaina es una ciudad que merece la pena visitar. Eso sí, para quienes ya no disfrutamos tanto del ambiente de borrachera universitaria a las cuatro de la tarde, puede ser interesante investigar antes si los estudiantes están de exámenes o no. Y es que Lovaina es una típica ciudad universitaria, orgullosa sede de la Universidad Católica.

La Universidad está totalmente descentralizada; no existe nada parecido a un campus. De modo que las facultades, escuelas y bibliotecas están sembradas por toda una ciudad patrullada sin descanso por jóvenes en bicicleta.

Los bares, aunque también se encuentran en toda la urbe, sí que tienden a concentrarse en lo que algunos llaman "el bar más largo del mundo": la Oude Markt, la plaza del Mercado Viejo, con doscientos metros de eslora y veinticinco bares por banda, cada uno con su terraza cuando el tiempo lo permite.

Como Lovaina está en Flandes, pues se habla flamenco. Algo que no debe preocupar mucho al turista ocasinal que no domine esa lengua. Aparte de que todo el mundo se defiende en inglés, existe un código universal para pedir cerveza: basta con levantar el meñique y cualquier camarero entenderá que queremos una caña de la lager local, Stella Artois.

Cuando uno viaja, además de beber cerveza, se cura de nacionalismos, localismos y otras enfermedades del alma. Pero también se cura de ese ridículo complejo de inferioridad que a veces nos avergüenza y nos lleva a la conclusión precipitada de que ciertas cosas "sólo pasan en España", mientras que el extranjero, especialmente el extranjero del norte, es chupi guay fenomenal. En todas partes cuecen habas.

En el caso de Bélgica, todo el mundo sabe de qué habas hablamos. Las comunidades lingüísticas aparentemente irreconciliables, algo de lo que también sabemos un rato en España, aunque con unas características muy diferentes.

A estas alturas, los pocos pacientes lectores que todavía no hayan dejado de leer se preguntarán qué tiene esto que ver con Hans. Ya saben, el profesor con quien cené en el Institute for Ireland. El caso es que Hans, ya próximo a la jubilación, me contó la historia de los valones fuera y la fundación de Louvain-la-Neuve, o Lovaina la Nueva.

Resulta que, allá por los 1960, la flamante Universidad Católica de Lovaina era bilingüe. Se estudiaba y se trabajaba en francés y en flamenco. Claro que Hans puntualiza que aquello no era bilingüismo, sino coexistencia de dos idiomas; ya que había cátedras duplicadas y los estudiantes valones estudiaban sólo en frances, mientras los flamencos lo hacían solamente en neerlandés. Como Lovaina resulta que está en Flandes, en algún momento de 1968, en lugar de mirar hacia París, los lovaineses se miraban el ombligo con auténtico entusiasmo. Y decidieron hacer su revolución, persiguiendo el noble ideal de expulsar a los valones de la Universidad Católica.

Le entra a uno un cosquilleo chungo cuando piensa que universidad significa universalidad, y que católico, en su acepción original, significa precisamente universal; siendo Universidad Católica, así, una redundancia, al menos en sentido etimológico. Igual que medio ambiente, vamos.

Es decir, que la Universidad Católica, la Universalidad Universal, decide que hay que estudiar universalmente todo el saber universal del Universo; pero sin valones, eso sí. Ojo, no es que quiera quitar o poner culpas, o resolver de un plumazo el conflicto lingüístico de Bélgica. Quizás los valones habrían actuado igual en el caso de ser Lovaina francófona. Pero los hechos son los que son: Lovaina resulta que está en Flandes, y las treinta mil personas que se manifestaron al grito de los valones fuera resulta que eran flamencas.

Total, que ganaron los manifestantes. Los valones se largaron. ¿Dónde? Los señores listos que tenían que tomar la decisión pensaron que lo más acertado era crear una ciudad nueva, de la nada, a la que llamarían "Lovaina la Nueva". Pero sin rencores, ¿eh? Un nombre como otro cualquiera. La pusieron cerquita, como a una treintena de kilómetros, aunque, desde luego, situada al otro lado de la línea imaginaria que separa Flandes de Valonia.

Muchos profesores tenían que enseñar en las dos universidades, la vieja y la nueva, la flamenca y la valona. Así que los valones, los de la nueva, pensaron que sería una buena idea construir una autopista para facilitar los desplazamientos diarios. La autopista se construyó, pero solamente hasta la mitad del camino. La parte flamenca sigue siendo una simple carretera de doble sentido.

No obstante, lo más llamativo del caso fue la solución que se encontró para Biblioteca. Y es aquí donde los ojos de Hans reflejaban todavía, cuarenta y cinco años después, rabia e impotencia.

--Yo era un joven becario --me dijo, con una copa de tinto en la mano y los ojos entornados, buscando recuerdos-- trabajando en la biblioteca de la Universidad Católica. Entonces la llamábamos simplemente así, la Universidad Católica; sólo había una. Imagínate, la Biblioteca de una Universidad fundada en el siglo XV. Teníamos auténticas joyas. Miles de ejemplares, muchos de ellos únicos. Incunables. Recuerdo al bibliotecario jefe, tendría entonces la edad que tengo yo ahora, llorando como un niño el día que empezamos el reparto. La mitad de la biblioteca iba a irse para Lovaina la Nueva. ¿Sabes qué criterio se utilizó? Se numeraron todos los libros según inventario. Los números impares se quedaron en Lovaina. Los pares, fueron a Lovaina la Nueva. Hay que ser cretinos.

Eso pienso yo. Que hay que ser cretinos.