Dos no discuten...

28 febrero 2011

Etiquetas: inclasificable

Max Weber, enemigo de baturros

Mi padre contaba un chiste sobre un baturro. En realidad, todos los chistes de mi padre incluían baturros de mediana edad, barrigudos y fumadores, con un carácter marcadamente reflexivo. O así es como los imaginaba yo. Dónde acababa la narración y dónde empezaba mi figuración es algo que difícilmente podré dilucidar.

El caso es que el protagonista de uno de los chistes de mi padre era un baturro de mediana edad, con un sobrepeso más acusado de lo habitual y fumador de puros. Lo imaginaba yo especialmente coloradete y feliz. Con esa felicidad y aquella coloración que preceden al infarto, aunque yo por aquel entonces no era consciente de tal extremo. Se encontraba a la sazón en la cubierta de un barco, en el transcurso de un viaje transoceánico.

Un miembro de la tripulación, al que yo siempre supuse por algún motivo cocinero ilerdense, menudo, calvo y bigotudo, se acercó distraídamente a nuestro baturro para compartir con él cierto chismorreo que circulaba entre el pasaje y la tripulación.

--Dicen que usted no discute nunca.

--Es cierto; no discuto nunca. Jamás.

--No me diga. Alguna vez discutirá usted.

--Bueno, pues alguna vez.

Rescato el chascarrillo del olvido porque mi amigo Horacio me sorprende hoy con una divagación sobre las discusiones. Ni Horacio está gordo ni mi piel escarlatea en preludio de algún accidente coronario; además, los dos hemos dejado de fumar. Pero creo que a baturros no nos gana nadie. Está visto que ni en la definición de discusión hemos de ponernos de acuerdo.

Pretendes, querido Horacio, que discutir significa "contraponer las valoraciones que nos generan una serie de hechos o supuestos, bien ciertos, bien previamente acordados", para añadir explícitamente que la discusión no puede versar jamás sobre la veracidad de los hechos. Deja que te aplauda. Qué sutilidad. Qué delicadeza. Qué finura. Y cuánta razón. Ay, no, espera. Que no tienes razón.

Casi me pillas, pero no. Las valoraciones, o son proposiciones falsables, o son sentimientos. Sobre sentimientos no se discute; sobre proposiciones falsables, a discreción. Utilizando tu ejemplo, podemos discutir si es de noche o de día. No podemos discutir sobre si nos gusta más la noche o el día. Porque tu preferencia por el día es compatible con la mía por la noche. Los gustos son sentimientos. No son hechos.

Discutir significa, precisamente, poner en cuestión la veracidad o falsedad de una afirmación. Ni más, ni menos. Si dicha afirmación es una premisa, pues estamos jodidos. La discusión será totalmente estéril. Sin embargo, si se deriva de otras afirmaciones anteriores, vamos a divertirnos.

Pongamos que, partiendo de las mismas premisas, alcanzamos conclusiones diferentes. Podemos suponer que hemos utilizado razonamientos diferentes, es decir, lógicas distintas. En un mundo ideal sería lo más probable. En el mundo real, sin embargo, esto es complicado, porque generalmente gastamos una lógica corrientilla, como de economato. Lo más probable es que las premisas primitivas den lugar a unas hipótesis intermedias de formulación incompleta, que combinadas con una mezcla de verdades asumidas y creencias parciales hayan dado lugar a unas conclusiones medio silvestres que, en cualquier caso, han de ser sometidas al sentido común y al gusto particular de cada uno, cuando no a la doctrina, religiosa o política, de la organización de referencia. Si, al final, uno de nosotros obtiene un conjunto de sentencias que parecen compatibles con la realidad observada, nuestro natural baturro nos llevará a defenderlas como verdades, a falta de más dignos rivales, aun sabiendo que no lo son.

El proceso, así descrito, es mucho más chapucero que las teorías clásicas del conocimiento. Ya sabes, Platón y sus secuaces. Pero no se te escapa, Horacio, que desde Max Weber y su generación se asume, también en Ciencias Sociales, que la verdad no es cognoscible, sino solamente interpretable. El conocimiento consiste en la proposición de sistemas figurados que, en cierta medida, se compadecen con nuestra observación de lo que comúnmente se llama realidad. Ni más ni menos. La ciencia, por su parte, se define como cualquier sistema que permita la formulación de predicciones con una probabilidad de acierto superior a la que cabría esperar estadísticamente.

Lo siento, Horacio, pero el siglo XX fue demoledor para el baturro, su puro y su cocinero ilerdense. Y también, me temo, para tu amable concepción de la verdad, la mentira, las valoraciones y la discusión.