Dadach, la vieja y la burra

17 noviembre 2010

Etiquetas: inclasificable

Sidi Mohammed Dadach

Sidi Mohammed Dadach estuvo 24 años preso. Gran parte de ellos condenado a muerte. Es curioso cómo en ocasiones la leyenda se forja a pesar del individuo. Por una causa externa y fortuita. Con frecuencia confundimos el sufrimiento con la heroicidad. Y a veces tendemos a conceder la razón a quien ha sufrido más.

Esto es una estupidez. La razón no tiene nada que ver con el sufrimiento. Ni con la heroicidad. Dadach no es un héroe por haber pasado media vida en celdas marroquíes. Dadach es un héroe por seguir luchando por su causa, por los derechos de su pueblo, después de haber sido liberado.

Lo conocí hace unos seis meses. Yo estaba organizando unas jornadas sobre el Sáhara Occidental y surgió la oportunidad de traerlo desde El Aaiún. Cuando recuerdo los días previos a su llegada, me siento como un gilipollas. Había leído sobre sus secuelas causadas por el cautiverio y la tortura. Quería ofrecerle todas las comodidades. Traté de que viajara en avión. Pensaba tener un coche esperándole en el aeropuerto. Solicité ayuda al consulado. Mientras tanto, Dadach se subió a un autobús y 30 horas después estaba en Zaragoza, cojeando y sonriendo. Imbécil de mí; había olvidado dos cosas sobre Dadach: que es un nómada y que ha vivido una eternidad en condiciones infrahumanas. Para él, un autobús es un palacio.

Después me contó algunos detalles sobre su viaje. Antes de subir al ferry, los soldados marroquíes lo llevaron a un sótano con un calor insoportable. Lo imagino como la antesala del infierno. Allí lo tuvieron dos horas en pie, encañonado, sin permitirle sentarse en el suelo ni beber un trago de agua, y sin darle ninguna explicación, fuera del "están comprobando su pasaporte". Para Dadach, esto es rutina.

A su llegada nos abrazamos y lo llevé hasta el albergue. Se duchó, dejó sus cosas en el dormitorio y media hora después estaba atendiendo a la prensa.

Dadach está lleno de contrastes. Como el Sáhara. Su mirada es dura; sus gestos, suaves. Su voz es firme; su paso, errático. Sus palabras son solemnes; su sonrisa, cercana. Es generoso. No le gusta hablar de sí mismo. No lucha por él, sino por su causa y por su pueblo.

Dadach podría hablar días enteros sin parar de las atrocidades que ha visto y vivido. Lo hace cuando se lo piden. No le tiembla la voz ni desvía la mirada mientras relata historias espeluznantes de asesinatos, torturas y abusos sistemáticos. Pero se emociona, casi llora, cuando recuerda la historia de la vieja y la burra.

La vieja era una vecina de Dadach. Tenía varios hijos; todos habían muerto a manos de marroquíes. La vieja estaba sola, salvo por su burra. La vieja necesitaba a la burra para ir todos los días a trabajar la grara, la ingrata tierra donde cultivaba su cebada. La vieja sabía que en el camino había minas. Pero no tenía alternativa. Un mal día, la burra pisó una mina y murió.

La vieja lloró por su burra. Y Dadach lloró por la vieja y por su burra. Ha vivido siempre en un estado de guerra. No conoce otra cosa, salvo por sus fugaces visitas a Europa. Puede rememorar sin pestañear los actos más viles de hombres contra hombres. Lo hace con inteligencia, sin sensiblería, analizando y explicando el porqué de la estrategia marroquí. Los desaparecidos, el muro, los colonos. Todo tiene una explicación y se puede combatir. Pero la mina bajo la burra de la vieja no acepta ningún raciocinio. Es un acto canalla hasta la obscenidad. El paradigma del ensañamiento.

No puedo evitar comparar mi mundo con el de Dadach. Él ha crecido y envejecido mirando a la muerte a la cara todos los días. Pero todavía es capaz de emocionarse con la historia de la vieja y la burra. Yo vivo en un lugar donde un asesinato es noticia. En un mundo que se escandaliza por las declaraciones de un político, en lugar de soportar en silencio las atrocidades de un déspota. Qué privilegio. Y, sin embargo, no me siento capaz de llorar por la vieja ni por la burra. Qué vergüenza.