Contra la democracia participativa

16 junio 2011

Foto: morgueFile

El título no es mío, sino de un libro de la Fundació Francesc Ferrer i Guardia, que lleva por subtítulo Los tramposos atajos hacia la participación. El librito, editado en 2008, lo firma Jordi Serrano i Blanquer, pero está escrito en primera persona plural; por lo que intuyo que responde más a la doctrina de la organización, a modo de manifiesto, que al pensamiento individual del autor.

La Fundació Francesc Ferrer i Guardia se distingue por su excelente trabajo de investigación y divulgación sobre asociacionismo, educación y participación, con especial atención a la juventud. Forma parte del Movimiento Laico y Progresista y parte de unos presupuestos ideológicos claros: izquierda, laicismo y republicanismo. Sin embargo, su razonamiento y sus conclusiones, al menos en este caso, pueden defenderse con independencia de estos principios.

El libro se centra en las políticas de participación ciudadana orquestadas desde los gobiernos, fundamentalmente desde los municipales, a las que califica de "atajos tramposos" en oposición a la verdadera participación, la que parte de la sociedad civil organizada, es decir, las asociaciones. Curiosamente, se me ocurre que quizás algunos de estos atajos se hayan reproducido también en el llamado movimiento 15M.

Una idea que últimamente se repite hasta la saciedad, tanto entre los acampados como entre algunos de los gobernantes, es la necesidad de articular cauces de participación de los ciudadanos en la política. Votar cada cuatro años no parece suficiente, así que se proponen diversas alternativas. Desde los gobiernos se articulan procesos participativos o consultas, mientras que otras voces piden referendos e iniciativas legislativas populares. Es posible que unos y otros estén cargados de buenas intenciones, pero yo niego la mayor: no es cierto que hagan falta nuevos cauces de participación. Estos cauces ya existen: se llaman asociaciones y se apellidan culturales, vecinales, sindicales y políticas. Se llama sociedad civil. El derecho de asociación es uno de los pilares fundamentales de toda democracia y no puede sustituirse por plebiscitos o procesos consultivos. En palabras de Serrano, "una dictadura puede existir con elecciones pero no hay dictaduras con sociedad civil".

Tanto los gobiernos y corporaciones locales en algunos de sus procesos consultivos como el movimiento 15M en sus Asambleas parten de la premisa de que, puestos a deliberar, tanto vale la persona asociada como la que no lo está. Serrano se opone rotundamente a esta idea: "Los ciudadanos representativos sólo pueden serlo si están asociados", asevera. "¡Cómo es posible!", dicen algunos. "¡Anatema y execración! ¡Pecado contra la Democracia! ¡Todos los ciudadanos son igualmente representativos! ¡Una persona, un voto!".

Una persona, un voto. Conforme. Pero no debe confundirse el voto con la participación. Limitar la participación al voto sería como limitar la nutrición al agua. El agua es necesaria en cualquier dieta, como el voto lo es en cualquier democracia. Pero, por mucho que aromaticemos, ionicemos, filtremos y embotellemos el agua, nunca va a sustituir a las alubias, la merluza y el entrecot. Igualmente, por mucho que mejoremos el sistema electoral, nunca podrá sustituir la verdadera participación responsable.

Digo participación responsable porque el voto, considerado individualmente, es el paradigma de la irresponsabilidad. Una sociedad en su conjunto es responsable de haber optado por una opción política en las urnas; pero cada elector es absolutamente irresponsable. El voto es secreto, anónimo. ¿Cómo se van a rendir cuentas? No requiere preparación, ni argumentos, ni debate. En el mejor de los casos, los argumentos y el debate corren por cuenta de los candidatos, mientras los demás somos meros espectadores.

Repito que el voto, aun siendo irresponsable, es necesario, como el agua. Pero no debemos sustituir los cauces de participación por el voto, del mismo modo que no debemos sustituir el desayuno por un litro de agua. Esto nos servirá para "engañar el hambre", pero de ningún modo nos aportará los nutrientes que necesitamos. Quienes afirman, indignados, que no existen medios de participación en la política más allá de las elecciones, y reclaman plebiscitos cada semana, lo que en realidad pretenden es conducirnos por un peligroso atajo hacia la irresponsabilidad. Citando a mi buen amigo Horacio, participación y responsabilidad son exactamente lo mismo. El trabajo a cara descubierta en una asociación ciudadana de cualquier tipo, el debate parlamentario y los lobbies o grupos de presión que, legítimamente, actúan en democracia no pueden reemplazarse por el voto secreto en un referéndum. Citando de nuevo a la Fundació Ferrer i Guardia:

"Nos fastidia mucho que la opinión de una organización de 10.000 miembros, 25 años de tradición, investigación, debate, ideológicamente definida, con un prestigio ganado a pulso, valga lo mismo que el de aquella persona ociosa que nunca se ha preocupado de su comunidad y que, de repente, sin ningún tipo de aprendizaje, cree que su opinión vale igual que la del representante de aquella entidad. Y los políticos y los organizadores de estos procesos (consultivos) les dan la razón. Es la muerte de la cultura, es el triunfo de Gran Hermano y Operación Triunfo aplicado a la política. No hay que esforzarse, no hay que valorar una trayectoria, no hay que leer, no hay que discutir."

Reconozco que el argumento es muy parecido al que los partidarios de las dictaduras utilizan para negar el derecho al sufragio universal. Pero recordemos que el fragmento no se está refiriendo al voto, sino a la participación responsable en política. Evidentemente, no debe considerarse igual de importante la opinión de un ciudadano escogido al azar que la de la Federación de Montaña cuando se trate de medidas relacionadas con el alpinismo.

No digo yo que el referéndum no sea necesario en algunos casos. Constituciones, Estatutos de Autonomía, permanencia en el Euro o en la misma Unión Europea y otras decisiones sumamente importantes que condicionarán el trabajo de muchas legislaturas. Pero el abuso de las consultas populares no sólo debilita el trabajo de la sociedad civil (haciéndolo intrascendente), sino que convierte en irresponsables a los propios gobernantes. Pongámonos por un momento en el lugar de un alcalde que sometiera cada decisión mínimamente importante a referéndum. Cambiar el alumbrado, fijar el precio del billete de autobús o modificar el Impuesto de Actividades Económicas. Al terminar su mandato, no tendría que responder por ningún error cometido durante su gestión, ya que en cada votación habría diluido su responsabilidad como gobernante en miles de ciudadanos que, individualmente, no responden ante nadie.

No quiero terminar este post (que, por cierto, me ha costado barbaridad escribir, y creo que ha quedado bastante desordenado) sin una concesión a las aportaciones positivas del 15M, que a mi juicio han existido. El movimiento es una muestra de un profundo descontento de buena parte de la sociedad hacia la sociedad civil organizada. Quienes creemos en esta debemos tomar buena nota, hacer autocrítica, limpiar nuestra imagen e imaginar modos de hacer la participación más atractiva. Pero algunos extremos son irrenunciables: la responsabilidad y el esfuerzo.

No sirve ni puede servir la participación anónima. Lo anónimo implica irresponsabilidad. Cualquier organización, formal o informal, debe ser capaz de identificar a sus propios miembros y proponer interlocutores reconocidos y avalados por sus bases.

Respecto al esfuerzo, prefiero citar por última vez a Jordi Serrano i Blanquer, porque yo no podría expresarlo mejor: "pensar que la política puede ser divertida, que no hace falta esfuerzo alguno, que no hace falta dedicación, estudio y determinación es desconocer la esencia de la política, y de la vida".