Ciudadanos, socios, clientes y usuarios

29 junio 2011

Etiquetas: cosa pública

Una campaña de publicidad (por cierto, buenísima) de la Mutua Madrileña dice: "devolvemos la mayor parte de nuestros beneficios a los mutualistas". Curiosa manera de expresarlo, cuando la realidad es que, según el artículo 4 de sus Estatutos, la Mutua, como todas las mutuas, carece de ánimo de lucro. No hay clientes, sino socios mutualistas.

Así, como traté de explicar en Me cago en la tercera persona del plural, en rigor no tiene sentido ese devolvemos ni ese nuestros; porque la Mutua no es otra cosa que la "personalidad colectiva y mancomunada de todos los mutualistas". No hay, por lo tanto, diferencia alguna entre quien devuelve y quien recibe, y no existen, en rigor, beneficios.

Sin embargo, los publicistas no son tontos. Si han optado por los términos devolvemos y nuestros mutualistas será, digo yo, porque vende más. Porque el futuro mutualista prefiere verse tratado como un cliente que como un socio de la entidad.

Supongo que lo que sirve para las mutuas aseguradoras valdrá para otros ámbitos de la sociedad. Los equipos de fútbol, por ejemplo. La conversión de casi todos los clubes en sociedades anónimas, inexplicablemente, no parece haber hecho mella en la afición. Al forofo, al parecer, lo mismo le da formar parte de un club que ser cliente de una empresa. Pocas personas, me parece, se tatuarían el logotipo de Fertilizantes Gombau, por fantásticos que sean sus productos. Pero muchos se graban el escudo de su equipo de fútbol favorito, sin que aparentemente importe mucho que se trate de un club o de una empresa. Sí, ya sé, los colores.

Formar parte activa y responsable de algo (esto es, participar) parece valorarse poco. En ocasiones, simplemente, se ignora. Todos los agricultores cooperativistas que conozco hablan de la cooperativa en tercera persona. "La cooperativa ha decidido", "he vendido a la cooperativa". Lo mismo ocurre con los socios de cooperativas de vivienda. Se diría que, simplemente, no comprenden la diferencia entre ser clientes y ser socios.

Acepto que estoy generalizando groseramente y basándome en intuiciones y experiencias propias. Así que vamos a los hechos. Un estudio espurio de la Universidad de Harvard concluye que el 78% de las personas religiosas lo son para tener alguien a quien culpar, más que para tener alguien a quien alabar. Extrapolando estos datos, me atrevo a aventurar que muchos ciudadanos se sienten más cómodos siendo tratados como clientes, usuarios de servicios públicos u objetos de protección que como ciudadanos responsables, miembros de pleno derecho de una sociedad.

La evolución del lenguaje viene a confirmar esta hipótesis. Poco a poco, los viejos, niños y jóvenes se han convertido en usuarios de centros de día, ludotecas y casas de juventud; los ciudadanos, en habitantes o vecinos; los parados, en beneficiarios de prestaciones por desempleo; los estudiantes, en alumnos, o, peor aún, alumnado, utilizando un genérico impersonal bajo la excusa de un lenguaje pretendidamente no sexista. No se trata de mera terminología, sino de un cambio paulatino, pero radical, en la relación entre Administración y administrados.

En este caso no vale echar la culpa a los de siempre. A ellos, a los otros. A los que mandan. Sean de un partido u otro, la tendencia es la misma. Los gobernantes y, especialmente, los tecnócratas se han acomodado a este modelo cuasi empresarial por la sencilla razón de que los ciudadanos lo preferimos. Nos sentimos más cómodos, más protegidos, despojados de nuestra responsabilidad de ciudadanos y, por lo tanto, con libertad aparente para protestar. Porque, claro, es fácil protestar contra aquello de lo que uno no se siente parte.

El concepto moderno de ciudadano comprime la práctica totalidad de las conquistas sociales desde la Edad Media. Renunciando a él, estamos rehusando también el propio concepto de conquista. El ciudadano conquista, mientras que el usuario recibe concesiones. A pesar del visible descontento de buena parte de los ciudadanos, tengo la triste certeza de que no queremos, en general, conquistar nada, sino recibir concesiones. En el fondo, nos dirigimos a la Administración como lo harían a una compañía de telecomunicaciones, solicitando tarifas planas, contratos sin letra pequeña y teléfonos baratos para todo el mundo. Mejoras, sin duda alguna; pero solicitadas desde la mentalidad de usuarios, clientes, beneficiarios. Nosotros. Ellos. Nuestros problemas. Sus soluciones. No nos representan.

Y los atajos. Los malditos atajos. Seguimos denostando las formas de participación que exigen un mínimo de responsabilidad, como el parlamentarismo o la militancia en cualquier tipo de organización social, y exigiendo, precisamente, las que menos esfuerzo y responsabilidad requieren, como el referéndum. Y, como horizonte y máxima aspiración, la mayor gilipollez que se ha perpetrado en Europa en muchos años: Facebook y la Constitución de Islandia. Pero eso es otra nivel de estupidez y merecerá otro post.