Apostilla a la trilogía Ideas sobre la democracia: Biel

15 noviembre 2010

Etiquetas: cosa pública

Querido Horacio:

No se te escapa una. En efecto, en el proceso anarrosaquintaniano de copia-pega-da esplendor a mi trilogía me dejé a Biel por el camino. Imperdonable error que me dispongo a reparar. Confío en tu indulgencia.

Antes de entrar en materia, deja que comente tu última respuesta. Ya conocía tu planteamiento sobre el comportamiento, a menudo inexplicablemente acertado, de la masa electoral. Está claro que algo de razón tienes. ¿Has leído a Surowieki? Tranquilo, no sospecho de la originalidad de tu pensamiento. El libro que menciono es de 2004, y tú ya defendías esta postura muchos años antes. En este punto yo soy más escéptico que tú. Las hormigas actúan con una clara inteligencia colectiva, pero también mueren a millares cuando una sola de ellas se desorienta. O se organizan en marabunta, no lo olvidemos.

Es cierto que la democracia ha arraigado en España. Lo que no tengo claro es si ha sido gracias a las fórmulas empleadas o a pesar de ellas. Sospecho que hay un poco de todo. Hemos logrado un extraño equilibrio, menos precario de lo que podría suponerse, construido a partir de piezas que en principio resultarían contradictorias.

Te estarás preguntando cuándo sale Biel. ¿Será la expresión máxima de la inteligencia de los grupos? ¿Acaso es la pieza maestra que dota de cohesión al conjunto? Tranquilo. Ten un poco de paciencia, por favor.

Ambos nos hemos centrado en la política estatal. Con tu permiso, voy a dar un salto espacial y temporal. Quiero centrarme en unas instituciones con solera: las diputaciones provinciales.

Estas entidades existen en España desde más de 150 años. Tienen más que ver con la administración que con la participación. Además, tienen una vocación claramente centralista. Es decir, no reciben competencias del Estado o la Comunidad Autónoma, sino que centralizan competencias que de otro modo corresponderían a los municipios. Hoy en día, sus diputados se eligen mediante un procedimiento indirecto, complejo tirando a oscuro, y su presidente se decide por votación de los diputados.

No se puede decir que las diputaciones tengan una gran carga política o ideológica. No mandan soldados a la guerra ni deciden nuevas formas de matrimonio o de divorcio. Se dedican sobre todo a la parte gris de la cosa pública: recaudación de impuestos y quehaceres así. Por eso, no es de extrañar que nadie haya cuestionado su existencia o su funcionamiento.

¿Nadie? Redoble de tambores. He aquí el anhelado momento. Biel, el vicepresidentísimo, hace su aparición. Propone la eliminación de las diputaciones provinciales. Se pregunta cuál es su razón de ser, si ya tenemos varias docenas de comarcas. Las reacciones no se hacen esperar. Facebook se bloquea ante la frenética actividad de los fans del ilustre político turolense. Las manifestaciones de apoyo inundan las avenidas y plazas públicas. Todo Aragón es un clamor. ¡Abajo las diputaciones! ¡Arriba las comarcas!

Pero, te preguntarás, ¿qué tienen que ver las comarcas con las diputaciones? Las primeras asumen competencias de la Comunidad Autónoma. Las últimas, por el contrario, centralizan competencias municipales. En lo que se parecen, eso sí, es en su forma de elección: indirecta. Algo justificable en el caso de las diputaciones, que al fin y al cabo son órganos predemocráticos, pero más bien sospechoso en unas instituciones recién nacidas como son las comarcas en Aragón. ¿Por qué considera Biel que las diputaciones no tienen sentido y las comarcas sí? Tal vez porque tiene fobia al centralismo. Quizás por una hipersensibilidad a la diversidad territorial. O a lo mejor, quién sabe, porque su partido preside 9 de las 32 comarcas, el 28 por ciento, a pesar de representar solamente el 12 por ciento de los votos. A saber.